Creo que es san Agustín quien con
mesura y equidad concede que cada cristiano ame la escena evangélica que más le
guste y hasta tenga cada cual su versículo favorito de toda la vasta Escritura.
Tras esta amplia concesión, la Cristiandad entera ha hecho el lícito ejercicio
de esta prebenda. Aunque, en rigor, hay que notar que no todos los pasajes
gozaron de igual número de adeptos ni todos los rincones de la variopinta
geografía y grafía evangélica fueron elegidos por igual. Hay regiones
superpobladas… y hay páramos.
Sobre gustos no habrá nada
escrito, mas sobre escritos sí que hay muchos gustos. Y yo haré público el mío.
Un poco –confieso- por desmarcarse de los lugares comunes, como quien busca una
playa con menos densidad turística. Pero no, no es sólo eso. No sin rubor
revelaré mi prosaica elección. Y no es que me falte paladar para degustar un
“¡es el Señor!” en la dorada aurora de Tiberíades, ni entrañas para conmoverme
entero ante un “¿por qué me pegas?” en el inicuo Pretorio, o sensibilidad ante
un “si supieras quién te pide de beber” a la hora sin sombras de Samaría… No
obstante es más fuerte que yo. Es más fuerte incluso que todo lo que, sin ser
yo, tironea por dentro a mi yo hacia opciones más augustas o gallardas. Pero
hay un versículo –o medio versículo en rigor- una escuetísima expresión que,
desde mi temprana juventud, cada vez que cae en mis oídos y rueda cuesta abajo
hasta mi centro interior… logra desarmarme por completo. ¿Por bello? Sí; creo
que sí. Aunque sería insólito procurar una defensa objetiva de su hermosura.
¿Por alumbrar con una prístina Verdad? Sí, ya lo creo… aunque, otra vez,
batallar en su favor sería vano. ¿Por mover las fibras todas del propio ser
hacia el Bien? Sin duda. Pero –hay- dudo que haya un solo manual de moral cristiana
que aluda a estas pocas sílabas que me han robado y ordenado la vida. No en
vano avisa la carta de Gandalf a Frodo que hay oros que no relucen; y que de
algún modo, ese aforismo es regla de oro. No sin algo de sonrojo, insisto, como
quien se enamora perdidamente de la más fea de la clase, me hago cargo y
confieso mi libérrima elección: cada vez que Juan avisa “eran casi las cuatro
de la tarde” se me dislocan las entrañas todas, se me entrecorta el respirar, y
detendría el rodar mismo del orbe para prolongar un instante más esa
experiencia impar. ¿Qué es lo que “me gusta” tanto de ese “eran casi las cuatro
de la tarde”? A Dios gracia no sabría explicarlo. Y ha de ser ese
infundamentable fundamento la razón del corazón que torna indeleble y siempre
virgen el contacto conmovedor con la frase. “Eran casi las cuatro de la tarde”.
Lo escribiría cientos y miles de veces como único recurso, como quien vuelve a
apretar play para “explicarle” a alguien lo sublime del Erbarme dich de Bach.
No crean, no obstante, que no lo
he intentado. Mil veces. Casi como un catador de vinos neologiza y articula
fonemas acerca de sabores y aromas para tratar de ofrecerles alguna gramática a
lo que le está ocurriendo en el paladar. Eran casi las cuatro de la tarde. Una
genialidad –una de entre mil, claro- es que no sea parte de otra oración. Juan
no lo quiere mezclar ni con lo previo ni lo siguiente. Es imprescindible que en
el fraseo completo de la secuencia, tras el “fueron, vieron donde vivía y se
quedaron con él” tiemble unos instantes la escena en su silencio. Y entonces
recién, con solemnísimo timbre y demorada gracia se entonan estos sublimes
acordes: eran casi las cuatro de la tarde. Con cierto aire, tal vez, a aquellos
logrados versos de García Lorca, se podría arriesgar: eran las cuatro en todos
los relojes; eran las cuatro, en sombra de la tarde… Lo sublime de la frase
ciertamente no proviene de su estructura interna: de hecho, la expresión suelta
sin más contexto, no mueve ni conmueve. La genialidad justamente radica en el
poder que tiene de engolfar todo lo dicho hasta ahí –y no menos, en un estuario
invertido, todo cuanto se dirá después –para forjarlo, para fraguarlo, para
catalizarlo con el peso infinito de la existencia. De algún modo, hasta el
“eran las cuatro de la tarde”, toda la gloria, la majestuosa hermosura de cada
pasaje evangélico, de cada palabra y gesto del Maestro podían parecer
suspendidos en el aire, flotando en la insoportable levedad de las formas
puras. Nuestro escogido “eran las cuatro de la tarde”, sin procesos ni
progresiones, de un solo golpe cristaliza toda la saga en existencia, todo el
mito en hecho. Por eso el “eran las cuatro de la tarde” no sabe a sí mismo:
sabe a todo cuanto el Señor haya dicho y hecho, con la plusvalía, con el sabor
adicional de la incrustación temporal. De algún modo la expresión es imbricable
entre los pliegos de cualquier escena evangélica: el Cristo durmiendo sobre la
proa de la barca, o huyendo a Egipto sobre los hombros de José, llorando a
mares sobre la colina de Jerusalén o entrando con su gente a la boda de Caná… a
todo Cristo, a cada Cristo, le cabe el “eran las cuatro de la tarde”, como el
toque mágico y perfecto que le otorga el pondus exacto a la escena y le inyecta
vida. “Eran casi las cuatro de la tarde” es el reactivo preciso que le otorga
gravedad a todo el Evangelio y, por ende, a toda nuestra Fe. Un poco como el
“en tiempos de Poncio Pilato” de nuestro Credo. Pero con mucha más precisión,
gracia y hermosura. “Eran las cuatro de la tarde” es una suerte de sinécdoque
con que pulsar a un solo acorde nuestra vera Fe, nuestra robusta Fe, nuestra
vigorosa Fe, ajena a los sombríos fantasmas atemporales.
No importa demasiado que haya
sido cerca de las cuatro, y no a las ocho. Lo importante es que si fue a las
cuatro menos diez, fue. Esa es la sazón. Es la estaca bien clavada en la roca
del tiempo. Desde ese inconmovible jalón se tensarán las cuerdas todas –hacia
atrás y hacia delante de ese hito- con firme y rotunda temporalidad. Con sólida
porfía, cada vez que sobre alguna escena o parlamento de Cristo se empiezan a
atrincherar los negros nubarrones del criticismo exegético y caen las primeras
gotas del ángel sin garbo con su funesto “no temas María, que no soy más que un
género literario”, uno empuña y desenvaina y estoca a lustroso acero: vale Dios
que eran las cuatro de la tarde, estúpido. Sí; nuestro “hora erat quasi decima”
es una auténtica y efectiva pica en Flandes donde perseverar en el diario
batallar contra los que intentan disolver, soliviar y vaporear la contundencia
de nuestra Religión. Es el más eficaz de los antídotos al deletéreo y funesto
arte de enfantasmarlo a nuestro Señor, de desencarnarlo al Verbo. Y le va bien
lo de pica en Flandes, también, por aquello de que la pica no vale ni por el
Tercio ni por Flandes, sino por el glorioso imperio –que en este caso es Reino-
que solventa con denuedo a sus espaldas. Si me permiten la lúdica asociación:
el brioso “eran las cuatro de la tarde” es nuestro “Santiago y cierra España”
con que arengarse en la contienda contra las vaporosas doctrinas llamativas y
extrañas.
Agustín dirá con redonda firmeza:
nunca más bello que colgado del Madero. Y vale. No reclamo yo adeptos a mi
elección ni amigos para mi oro viejo y perla preciosa. Pero blandiría espada y
hasta vertería mi sangre toda en defensa de mi “eran casi las cuatro de la
tarde”, pues mi Fe entera pende de esa pica hecha estandarte del grandísimo
Rey. Pues aunque me confiese paje del Soberano sempiterno, ¡Dios me guarde!, no
menos soy vasallo y subalterno, del Señor de las cuatro de la tarde ■ Diego de Jesú, 18 de enero 2015. Homilía alEvangelio de Jn 1, 35-42
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