IV Domingo del Tiempo Ordinario (B)

En el evangelio de hoy habla de la impresión que causaban entre la gente las palabras del Señor. Nos dice san Marcos que quienes le escuchaban quedaban asombrados y se preguntaban los unos a los otros qué significaba aquella manera de hablar. Aunque aquellas preguntas no eran todavía la fe sí que ran como una condición previa y necesaria, y es que el asombro no es sólo el principio del conocimiento –o de la filosofía, como se ha dicho a veces- sino también de la fe, o de la no-fe, pero nunca de la indiferencia, del olvido, de la rutina. Por eso, cuando escuchamos  el evangelio sin asombro, como quien oye llover o como si no fuera una gran y alegre noticia, se pueden tener creencias pero no una fe viva. ¿no estaremos volviendo el Cristianismo pues algo convencional porque hemos ido perdiendo poco a poco la capacidad de asombro?

En este mundo desencantado y aburrido en el que casi nada o casi nadie consigue llamar nuestra atención, en este mundo saturado de conocimientos y noticias en el que lo importante es lo que se puede tocar o contar –para qué sirve esto, cómo se hace aquello, cuántas personas van a misa el domingo, etc.- y se marginan las preguntas por el significado y el sentido de la vida, se comprende que el evangelio no llame la atención. Y yo me pregunto –y voy a tirar unas piedras sobre mi propio tejado- si no tendremos buena culpa los que predicamos la palabra de Dios. Los escribas y fariseos –lo dice el evangelio este domingo- enseñaban en Israel por oficio. Y su oficio era comentar la Ley y las tradiciones de los mayores, leer lo que estaba escrito y repetir lo que ellos habían aprendido antes en las escuelas, administrar las verdades y creencias adquiridas, lo que siempre se había dicho. Su magisterio era pues conservador, legalista y ritualista. Los rabinos conservaban muy bien la letra, pero se olvidaban del espíritu, y la letra sin espíritu mata, mata también de aburrimiento. Por eso no asombraban a nadie.

El Señor en cambio enseñaba con autoridad, y así quienes le escuchaban, decían: Tú tienes palabras de vida eterna[1].

El Señor se presentaba como verdad viva y palpitante, como palabra encarnada. Lo que él decía, podían verlo en sus obras. Por eso maravillaba, por eso tenía autoridad, por eso era noticia,  ¿hacemos lo mismo sus sacerdotes, sus ministros ordenados?

El Señor no solo daba lecciones morales, sino que se mostraba como una luz que se enciende, que sirva a todos los que quieren ver, pero que no se impone: El que tenga oídos para oír, que oiga[2]. Y no mandaba caer fuego del cielo para los que no le escuchaban… ¿Cómo enseñamos nosotros el evangelio? Es una pregunta que debemos hacernos constantemente: nuestra misión como cristianos consiste en enseñar el evangelio, en manifestarlo al mundo, en hacerlo ver con palabras y obras. Si queremos enseñar como Jesús debemos practicar lo que enseñamos, para que sea noticia en nuestras vidas, para que sea tradición viva y vivificante… y no una simple alacena llena de doctrinas enlatadas, usos, tradiciones y costumbres que huelen ¡ay! a viejo, a naftalina



[1] Cfr. Jn 6, 68.
[2] Cfr. Mc 4, 23.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris