II Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Samuel, en el silencio de la noche y en la quietud del santuario, oye que alguien lo llama por su nombre. Piensa que es Elí, pero en realidad es el Señor quien lo busca. Le costó a Samuel reconocerlo pero cuando lo hizo la respuesta fue perfecta: Habla, Señor, que tu siervo escucha. Y el Señor le habló. Surgió así el profeta Samuel.

Lo mismo pasa con nosotros: vivimos tan inmersos en un mundo en el que el silencio a veces es prácticamente imposible, que hemos olvidado algo impresionante: nuestra llamada personal por el Señor; hemos olvidado el sentido de nuestra identidad, hemos olvidado eso tan maravilloso que es estar convencido de que yo –ponga aquí cada uno su nombre y apellidos- he sido llamado personalmente por Dios, he sido elegido por El y tengo un camino específico que recorrer, un camino que no será igual al de ningún otro hombre, por sencillo que parezca. El problema está en que seamos capaces de discernir la llamada porque estamos tan solicitados por tantas cosas, tan entretenidos, tan preocupados por tantos problemas, tan inquietos por tantas tonterías, que difícilmente encontramos un rato de silencio y tranquilidad para que la Voz del Señor nos llegue a lo más profundo del corazón y nos despierte del sueño que nos invade. Pero la llamada existe. Esto es lo importante y puede quedar sin respuesta a causa de nuestra pertinaz sordera.

Pero si respondemos, si somos capaces de decir como Samuel, con toda la sinceridad del corazón, habla, Señor, que tu siervo escucha, se producirá el milagro de convertirnos en hombres de Dios, en hombres capaces de hacer que el Reino sea una realidad aquí y ahora y no algo que sólo sucederá al final de los tiempos. Si respondemos puede realizarse el milagro de convertirnos en hombres y mujeres de paz, que reparten bondad, que se empeñan conscientemente en quitar las tinieblas que rodean el mundo para invadirlo de luz, una luz que hoy aparece nítidamente en el Jordán y que, si respondemos a la llamada de Dios, nos puede invadir para siempre.

Sin embargo la respuesta da paso frecuentemente a un camino con dificultades. Para Samuel, convertido en profeta las dificultades aparecieron en seguida. En el evangelio de hoy, que es precioso y está lleno de ternura, Juan se apresura a señalar a sus discípulos quién es aquél a quien tienen que seguir. Y lo señala con una frase que a nosotros se nos repite siempre que celebramos una Eucaristía (¡sin que produzca los mismos efectos que produjo en aquellos discípulos de Juan!). Cuando ellos escucharon de Juan: Este es el Cordero de Dios, siguieron a Jesús inmediatamente y, tras preguntarle dónde vivía, se quedaron con Él. Se quedaron con Él para siempre. La vida ya no sería para ellos igual que antes, ni ellos serían ya los mismos. Se había producido el acontecimiento mayor de los tiempos: el encuentro de un hombre con Cristo. El Evangelio no nos dice dónde se quedaron, donde vivía Cristo, sólo nos dice lo más importante: que se quedaron porque en el encuentro con Cristo lo de menos es dónde tiene lugar; lo importante es que se produzca y que algo en nuestra intimidad nos anuncie que el encuentro se ha producido y que una fuerza nueva se instala en nosotros y nos hace capaces de aventurarnos en el camino del cristianismo tomado en serio.

A los discípulos de Juan les bastó una sola advertencia para seguir a Jesús. Nosotros parece que somos más duros de oído o estamos más distraídos, ¿cuántas veces se nos ha anunciado "éste es el Cordero de Dios"? Estamos todavía lejos de seguirle y quedarnos con El y salir corriendo para decirle al mundo que lo hemos encontrado, como hicieron aquellos dos primeros apóstoles que no se sintieron capaces de guardar para sí el descubrimiento que habían hecho. Quizás a partir de hoy, cuando en la Eucaristía escuchemos al sacerdote decir Este es el Cordero de Dios, algo se mueva en nuestro interior, algo que nos haga ver lo importante que en nuestra vida cristiana es seguir a ese Cordero de Dios cuya misión es devolver al mundo la luz, la vida, la esperanza, el amor[1]


[1] A.M. Cortés, Dabar 1988, n. 11

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris