Solemnidad de la Natividad del Señor (2014)

Celebramos con mucha alegría el nacimiento del Hijo de Dios, y en eso podríamos centrar toda nuestra atención durante muchos días, sin embargo hay un segundo mensaje de la Navidad que tampoco podemos olvidar, que debemos como rumiar a lo largo de éstos días. Dios no vino sólo a nosotros –a la humanidad- hace dos mil años en el portal de Belén. Dios viene ahora a nosotros. A cada uno de nosotros, por lo tanto no podemos sentirnos excluidos de esta venida de Dios. El amor de Dios –plenamente manifestado en Jesucristo- es amor personal a cada persona: a ti que lees y a mi que escribo. Incluso, por más que quisiéramos, ninguno de nosotros puede excluirse de este amor personal de Dios.

Contemplar a Dios hecho niño, asomarnos al nacimiento y al arbolito en silencio quizá nos pueda ayudar a acoger esta venida tan personal, tan propia, tan amorosa y entrañable de Dios a cada uno de nosotros. Y recordemos entonces que, en el camino de Jesús, lo que fue una constante, fue su saber mirar y comprender y amar a cada persona, a cada hombre y a cada mujer. El Señor nos quiere con nuestros defectos y virtudes, nuestras luces y nuestras sombras. Su amor por cada uno de nosotros es verdaderamente incondicional. El Señor se hace especialmente cercano –es bueno que no lo olvidemos, y Papa Francisco nos lo recuerda constantemente con su predicación y su vida- a quienes se sentían más marginados, menos considerados, más alejados de quienes entonces eran los representantes oficiales de la religión.

Dios viene a nosotros –a la cueva de nuestra vida personal, a veces ordenada y a veces sucia y obscura- y espera ser acogido. Él ya conoce nuestra pobreza personal –conoce nuestro pecado, nuestra mediocridad, nuestros defectos-, pero quiere venir a nosotros y nos pide que le acojamos. No respondamos –aunque sea educadamente- que no hay sitio para El en nuestra casa.

Pidamos hoy, en la fiesta de navidad que es fiesta de esperanza, saber acogerle, saber hacerle sitio en nuestra vida. Y atrevámonos a preguntarnos –de verdad, pero también con confianza- qué significa eso para cada uno de nosotros. ¿Qué significa para mí acoger en mi vida personal la venida de Jesucristo? Quizá no hallemos en seguida la respuesta, quizá sea algo que debe ir madurando en nosotros. Pero atrevámonos a preguntarlo.


Que todos nos sintamos -y seamos realmente- más hermanos unos de los otros, sin exclusiones, de modo que crezca la calidad de nuestro amor. Porque eso es ser cristiano. Y que todos queramos acoger en nuestra vida la venida personal de Dios a nosotros, acoger su Palabra que es Jesús, para que cristianice nuestra vida, para que nos sintamos realmente queridos por El. Y para que así –no sólo hoy, sino durante todo este año que vamos a empezar- el amor de Dios dé fruto en todos nosotros

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris