La Dedicación de la Basílica de Letrán (2014)

Noviembre es un mes en el que la liturgia constantemente habla de la eternidad. No sólo porque el otoño, con la caída de las hojas, nos hace pensar en la finitud de nuestra vida, sino porque la liturgia misma nos regala una serie de fiestas que tienen un hondo sentido escatológico. Primero es la solemnidad de Todos los Santos, la narración del inmenso cortejo de los señalados que con palmas y blancas vestiduras aclaman al que se sienta sobre el trono y al Cordero[1]. Luego viene la Conmemoración de los Fieles Difuntos, que nos recuerda el sentido pascual de la muerte, y finalmente las dedicaciones de las basílicas del Salvador y las de San Pedro y San Pablo, que nos llevan a pensar, a través de la iglesia material, en el tabernáculo de Dios entre los hombres, en la Iglesia del cielo, adornada como una novia que sale a recibir al esposo[2].

Este domingo nuevamente se vuelve a interrumpir el ciclo del Tiempo Ordinario para la dedicación la basílica de San Juan de Letrán que, asentada en el monte Celio[3], es "madre y cabeza de todas las iglesias de la urbe y del orbe". Es la catedral del Papa, su toma de posesión significa la suprema investidura del poder en el gobierno eclesiástico de Roma y del mundo[4].

Esta fiesta nos invita a detenernos un momento y a reflexionar en el misterio de la alianza entre Dios y los hombres. Dios, por la encarnación del Verbo, erigió su tabernáculo entre los hombres, y así somos su pueblo y él es nuestro Dios[5]. La iglesia es el lugar de su morada, donde los hombres nos reunimos con Él. Más aún: la iglesia no es solamente el lugar, es también el signo de la alianza. La Iglesia, esposa del Cordero, celebra cada día sus místicas nupcias en el edificio material que ha consagrado. En él y en la misa se hace presente el sacrificio de la cruz, en el cual Cristo se ha entregado para santificarla, a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha o arruga, sino santa e intachable para unírsela en calidad de esposa. Es ahí donde sin cesar da a luz nuevos hijos a Dios, como lo dice la antigua inscripción del baptisterio de Letrán:

Virgíneo fetu genitrix Ecclesia natos
quos spirante Deo concepit amne parit...
Fons hic es vitae qui totum diluit orbem
Sumens de Christi vulnere principium[6].

Es ahí donde, por los sacramentos, prepara las piedras vivas escogidas que construyen poco a poco el templo de Dios, porque la alianza no está solamente sellada con la Iglesia en su totalidad, sino que cada alma está invitada a unirse a Dios en Cristo y a predicar el evangelio, preocupándonos de los demás, especialmente los más débiles o desprotegidos.

Celebramos pues el aniversario de la catedral del obispo del Roma –del Papa- y tenemos delante un buen momento para hacernos preguntas y para tomar conciencia de que en esta época, en que la humanidad abarrota otros templos –cines, estadios, discotecas- es bueno recordar las palabras del salmo: Hasta el gorrión ha encontrado una casa y la golondrina un nido: tus altares, Señor de los ejércitos[7]



[1] Cfr. Apoc 7, 14.
[2] Ídem 2,9.
[3] La Colina de Celio o Monte Celio (en latín: Collis Caelius, en italiano Celio) es una de las siete colinas de Roma. Su extensión oriental tenía el nombre de Celiolo (Caeliolus). Bajo el reinado de Tulio Hostilio, la población del Lacio de Alba Longa fue forzada a establecerse en el monte Celio. La tradición que narra Tito Livio cuenta que la colina recibió el nombre de Celio Vibenna, bien por establecer un campamento allí o bien porque su amigo Servio Tulio se lo dedicó en su honor a su muerte. Durante la República de Roma fue una zona residencial de los más ricos de entre los romanos. Los trabajos arqueológicos en las Termas de Caracalla han descubierto restos de magníficas villas romanas en un muy buen estado de conservación, con espléndidos murales y mosaicos. En ella se encuentra en la actualidad la Basílica de San Juan y San Pablo y la antigua Basílica de San Stefano Rotondo.
[4] Del palacio que los "Laterani" poseían desde el siglo I en el Celio, viene el nombre de Letrán. Más tarde, bajo Constantino y aconsejados por Osio de Córdoba, Fausta, su esposa, hizo donación de su palacio a los Papas para su residencia habitual, y el emperador-según cuenta una legendaria tradición-, en agradecimiento a San Silvestre por el hecho de haberle curado milagrosamente de la lepra, le hizo entrega de los territorios donde el Pontífice, apoyado por el favor imperial, hizo construir la basílica de San Juan de Letrán, denominada también "Constantiniana". ¿Hubo donación jurídica? Nada se sabe. Sin embargo, Melciano, valiéndose del derecho que le daba el edicto de Milán, celebró en 313 un sínodo romano en la domus Faustae in Laterano; el papa Dámaso fue ordenado en la basílica, y de la fecundidad de su baptisterio, Prudencio canta sus glorias.
[5] Cfr. Ex 6, 7-9.
[6] La Madre Iglesia da a luz con virginal parto a los que concibieron bajo la inspiración de Dios en las aguas. Esta es la fuente de la vida, que riega a todo el orbe y de las heridas de Cristo tomó su origen.
[7] Sal 84, 3. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris