XXIX Domingo del Tiempo Ordinario (A)

A espaldas de Jesús los fariseos llegan a un acuerdo para prepararle una trampa decisiva. Esto es lo que narra el evangelio éste domingo. No vienen ellos mismos a encontrarse con él. Le envían a unos discípulos acompañados por unos partidarios de Herodes Antipas. Tal vez, no faltan entre estos algunos poderosos recaudadores de los tributos para Roma. Y la trampa está bien pensada: ¿Es lícito pagar impuestos al César o no?, preguntan. Si el Señor responde negativamente, le podrán acusar de rebelión contra Roma, pero si hace legítimo el pago de tributos quedará desprestigiado ante aquellos que viven oprimidos por los impuestos, y a los que él ama y defiende con todas sus fuerzas.

La respuesta de Jesús ha sido resumida de manera lapidaria a lo largo de los siglos: Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Pocas palabras de Jesús habrán sido citadas tanto como éstas. Y ninguna más distorsionada y manipulada desde intereses muy ajenos a Jesús, que verdaderamente defendía a los más desposeídos.

El Señor no está pensando en Dios y en el César de Roma como dos poderes que pueden exigir cada uno de ellos, en su propio campo, sus derechos a sus súbditos. Como todo judío fiel, Jesús sabe que a Dios le pertenece la tierra y todo lo que contiene, el orbe y todos sus habitantes[1]. ¿Qué puede ser del César que no sea de Dios? Acaso los súbditos del emperador, ¿no son hijos e hijas, antes, de Dios?

El Señor no se detiene en las diferentes posiciones que enfrentan en aquella sociedad a herodianos, saduceos o fariseos sobre los tributos a Roma y su significado: si llevan “la moneda del impuesto” en sus bolsas, que cumplan sus obligaciones. Pero él no vive al servicio del Imperio de Roma, sino abriendo caminos al reino de Dios y su justicia. Por eso, les recuerda algo que nadie le ha preguntado: “Dad a Dios lo que es de Dios”. Es decir, no den a ningún César lo que solo es de Dios: la vida de sus hijos e hijas. Como ha repetido tantas veces a sus seguidores, los pequeños son sus predilectos, el reino de Dios les pertenece. Nadie ha de abusar de ellos.

En menos palabras: no debemos sacrificar la vida, la dignidad o la felicidad de las personas a ningún poder. Y, sin duda, ningún poder sacrifica hoy más vidas y causa más sufrimiento, hambre y destrucción que esa “dictadura de una economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano” que, según papa Francisco, han logrado imponer los poderosos de la Tierra[2]. No podemos permanecer pasivos e indiferentes acallando la voz de nuestra conciencia en la práctica religiosa[3]




[1] Sal 24.
[2] El texto completo en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium dice así: «Creamos nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (ver Éxodo 32,1-35) encontró una nueva y cruel versión en el fetichismo del dinero y en la dictadura de una economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial, que envuelve las finanzas y la economía, pone al descubierto sus propios desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de una orientación antropológica que reduce al ser humano a apenas una de sus necesidades, el consumo». (55)
[3] J. A. Pagola, Los pobres son de Dios en http://blogs.periodistadigital.com

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris