XXVI Domingo del Tiempo Ordinario (A)

En más de una parábola el Señor presenta dos personajes, de los cuales aquél a quien los que lo escuchan tienen por malo queda como ejemplar, y queda descalificado el normalmente considerado bueno por todos. Así ocurre en la narración de los dos hijos y la viña del evangelio de hoy[1].

La consecuencia es clara: lo que Dios nos pide no es dirigirle únicamente oraciones, sino realizar su voluntad cuidando de los demás. Los hechos dan contenido a las palabras (o en su caso a la oración); las palabras sin hechos quedan convertidas en algo peor que simples sonidos: significan la negativa a cumplir la voluntad del Padre.

Uno de los hijos guarda las formas educadamente pero no hace lo que el papá pide. El otro se niega de forma, digamos, destemplada pero la hace. La actitud del segundo es la preferida.

Ante las necesidades de la viña de nuestro mundo podemos preguntarnos si hemos respondido con palabras huecas o con hechos concretos. Nunca han faltado individualidades que, desde la fe, han empujado la historia concreta hacia el Reino; pero debería ser una cuestión inquietante para nosotros porque como conjunto comunitario la respuesta efectiva no se ha dado siempre, y es que viña que arar no nos falta: hambre, explotación, violencia, soledad, depresión... Nada de esto es voluntad del Padre. ¿Cómo ser conservadores de un mundo así? Hay quienes niegan a Dios pero ¡ay! trabajan en la transformación de estas realidades. Como conjunto pareciera que nos interesan más los documentos doctrinales que el compromiso real. Papa Francisco nos habla constantemente de una Iglesia en salida ¿entendemos lo que nos quiere decir? «La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. Primerear: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos»[2].

Fe y justicia o, si se quiere, espiritualidad y justicia han de ir de la mano. Para san Pablo el adjetivo "espiritual" viene a significar simplemente "vida cristiana”, y espiritualidad será, por tanto, vivir cristianamente[3]. Sin embargo, la vida espiritual abarca toda la existencia del cristiano, es decir, todo el hombre y todas sus actividades, mediante las cuales se corresponde a todas las mociones de Dios, no consiste solamente en las prácticas de piedad, sino que ha de informar y dirigir toda nuestra vida, individual y comunitaria, y también todas nuestras relaciones con las demás personas y realidades.

Arar la viña del Padre, aun cuando parezca una actividad meramente social, es también una acción espiritual (es decir, movida por el Espíritu). Desde la experiencia de Dios llegamos al compromiso por la justicia en la historia, y siguiendo el ejemplo del Señor los cristianos solo podremos ser verdaderamente espirituales en la medida en que nos dejemos conducir por el Espíritu a la creación de la historia. El camino será conflictivo, sí, como lo fue para el Señor, es decir, no se trabaja la viña sin sudor; la cruz sale al encuentro constantemente... En otras palabras, la espiritualidad o mueve la justicia o no es cristiana. Se trata de vivir la vida con alguna referencia práctica y real con Aquél que es Señor del Reino que se busca. Contemplativos en la acción. El Padre espera. La viña espera



[1] XXVI Domingo del Tiempo Ordinario.
[2] Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 24.
[3] El término "espiritual" no se identifica hasta el s. XVI con la cara más subjetiva e intimista de la fe: la relación personal con Dios, los fenómenos de la conciencia, el distanciamiento del mundo y de la sociedad, una actitud muy recelosa respecto al cuerpo y a las cosas materiales, etc.

Fotografía: la hermana Loreto cuida del padre Angel, enfermo y anciano, en la Residencia de  Ancianos Ntra. Sra. del Carmen. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris