XXIII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Un par de enamorados adolescentes pueden pensar que no habrá nunca discusión que empañe su amor; un político puede llegar a creer que unirá voluntades sin posibilidad de grietas en su partido; o un entrenador puede estar convencido de sus habilidades para mantener la unidad del equipo... pero la realidad es que la vida es conflicto, que hay siempre intereses encontrados, proyectos y esperanzas de uno que chocan con las del otro.

Ni el Señor ni los evangelios han visto la Iglesia como un lugar libre de conflictos o de ofensas personales. Ni la comunidad de clausura, ni el grupo apostólico, ni el equipo sacerdotal, ni la parroquia, ni la diócesis, ni grupo alguno se verá libre de diferencias y roces. El otro –pensamos con frecuencia- con su modo distinto de ser, pensar o actuar, viene de algún modo a destruir mi yo, y se convierte de algún modo en mi enemigo, ¡la vida misma!

Y este miedo al conflicto dificulta fuertemente en la Iglesia la corrección fraterna de la que nos habla hoy el evangelio. Disfrazado de prudencia o de culto a la unidad, lo que realmente existe es miedo al conflicto, y esto por una sencilla razón: por falta de ejercicio y deseo de reconciliación. Así, tal cual. Todo miedo es paralizante y esterilizador; y en este caso, al tener miedo a la conversación y luego al perdón, se paraliza la salvación del hermano, y poco a poco se va perdiendo la comunión. Común unión. Comunión.

Es buen y es sano que la Iglesia no aparezca libre de tensiones de grupo y de ofensas personales. ¿Cómo no vamos a rozarnos o a tener conflictos si somos seres humanos? El primer favor que Dios nos hace con nuestros pecados de división, es curarnos de ese orgullo estéril e inútil e invitarnos a tener un corazón misericordioso con los que sufren el mismo mal. El segundo favor es abrirnos los ojos a la alegre noticia del perdón de los pecados. Lo triste sería una Iglesia sin respuesta para sus propios conflictos y, por consiguiente, sin un mensaje de perdón y alegría para anunciarlo al mundo.

Uno de los mejores regalos que hemos recibido de Dios es el perdón, el poder descubrir ¡todos los días! que el perdón de los pecados es algo real. La reconciliación, el amor al enemigo, la otra mejilla[1], el Padre perdónalos porque no saben lo que hacen[2], ésta es la realidad de la Iglesia. Invento divino, porque desde Dios viene y de su omnipotencia mana.

Lo que nos dice hoy san Mateo en el evangelio es quizá un reflejo de la práctica que tenían ya las comunidades primitivas, y lo que importa, además del examen de conciencia silencioso y personal, es actualizarlo en las comunidades de hoy: la corrección y el perdón, el valor del Sacramento de la Reconciliación que nos ayuda a comprender dónde está el secreto de que la comunidad permanezca unida a pesar de los conflictos. En menos palabras: no es el tono humano -¡ay frase desafortunada!- lo que nos mantiene unidos y en comunidad, sino el Don que viene de lo alto: el Amor hecho Perdón[3]





[1] Cfr. Lc 6, 29.
[2] Id 23,24.
[3] M. Flamarique Valerdi, Escrutad las Escrituras. Reflexiones sobre el Ciclo A, Desclée de Brouwer, Bilbao 1989, p. 143.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris