XXI Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Quien dice la gente que es el Hijo del Hombre? La gente se hacía preguntas sobre Jesús porque asombraba con lo que hacía y decía. La respuesta que el Señor recibe es, digámoslo así como poco profunda, como demasiado general: Juan Bautista que ha vuelto, Elías, o Jeremías o uno de los profetas. Nada que comprometa. Cosas o personas  del pasado. Hoy seguimos intentando responder a esa misma pregunta. Hay quien dice que no existió y que toda esa historia es un cuento. Otros aseguran que fue una gran figura o incluso un genio religioso; algunos que un revolucionario o incluso el Hijo de Dios. Pero –es la verdad- lo que se decía o lo que se dice sobre Jesús no compromete a nadie de verdad, entre otras razones porque pocas veces se responde en singlar,  lo hacemos “en manada”, de manera general.

Cuando los apóstoles refieren en Cesarea lo que decía la gente, aún no responden a Jesús como creyentes. Se limitan a ser portadores de la opinión, más o menos difundida, y cuentan lo que oían que se decía del Maestro; no se trata de una respuesta personal. Hoy podemos quedarnos a ese nivel –el de los cristianos convencionales- y no dar un paso más en la auténtica fe.

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? El Señor dirige rápidamente su pregunta a aquellos a quienes había llamado a su presencia y a seguirle. Pedro, Juan, Andrés... cada uno en persona había sido puesto de pronto frente a La pregunta. Esta es justamente la situación de la fe, una situación que pone a la persona al descubierto ante la palabra de Jesús que interroga a sus discípulos.

Hoy escuchamos la misma pregunta, pero conscientes de que no somos nosotros quienes la formulamos y menos aún quienes preguntemos a Jesús. Es él quien nos interroga y nos compromete. La fe es responsabilidad, nunca convencionalismo y rutina. La fe es encuentro con Jesús que nos llama a su presencia y a su seguimiento, nunca un escondite para perderse en la falsa seguridad de un grupo o de una masa.

Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. Simón toma la palabra y asume la responsabilidad. Aquel pescador confiesa no lo que decía la gente, sino lo que el Padre le revelaba y lo que él sentía en su interior. Por eso recibió un nombre nuevo: en adelante se llamaría Pedro, y será la cabeza de la Iglesia que nace. En adelante será creyente, un testigo, y, por lo tanto, un enviado. Pedro es ya alguien concreto en la historia de la salvación. Y sabemos que esa historia no la hace la gente, o la naturaleza, sino las personas.


Hoy es un buen día para sentir la alegría de ser miembros de esta Iglesia fundamentada en la fe de los apóstoles, fe que Pedro ha confesado. Sabemos bien que la Iglesia está llena de infidelidad y de pecados. Que a menudo ha traicionado –hemos traicionado entre todos- la fe viva que profesa y que le une, pero tiene dentro al Espíritu, que la mantiene viva, viva con aquella fe que los apóstoles vivieron y que han hecho llegar hasta nosotros, miles de años después ■

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris