Dichoso tú, Simón, iluminado,
que nadie te lo dijo;
que solo Dios, mi Padre, por amor,
te abrió mi intimidad como Él lo quiso.

Que no es Filosofía conocerme,
ni alto raciocinio;
que no es conquista, afán de pensadores,
ni creación del fondo de mí mismo.

Que Dios es gracia y toque de amadores
al corazón de un niño;
que Dios es humildad y encarnación,
y en ese rumbo corre su camino.

Que Dios es la inmanencia de quien ora
amante y compungido;
mi Dios es su visita, su caricia,
su ternura en mi pecho, adormecido.

Que Dios es su silencio rumoroso
al par de mi latido,
el eco de si mismo redoblado
que suena y suena cuando yo me olvido.

Dichoso tú, Simón, que me enalteces,
y me has llamado el Hijo;
la Iglesia se sustenta en esa fe
tan frágil y tan fuerte por los siglos.

¡Jesús, el encontrado y confesado,
que habitas en lo íntimo,
impera y resplandece, Dios excelso,
y abrásanos en el candor divino! Amén

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.
Puebla, 18 agosto 2011. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris