XX Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarles: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. También nosotros empezamos la celebración de la Eucaristía casi con el mismo grito ¡Señor, ten  piedad! A la cananea el grito le salía del alma, y no sé si sucede lo mismo con nosotros pues la rutina es capaz de vaciar de sentido todo, incluso lo más sagrado. Aquel grito era la gran plegaria de una madre que siente como propio –porque lo  es- el dolor de su hija…

Hoy podríamos preguntarnos si nuestro grito, tan parecido al suyo por lo menos externamente, intenta expresar toda la realidad de nuestra vida, una vida marcada y ensanchada por todas las otras vidas, empezando por las más próximas, las de aquellos que conocemos y amamos. Sólo así la Eucaristía adquiere pleno sentido. Sólo así puede llegar a ser un verdadero intercambio entre la gran riqueza del Señor y  nuestra gran pobreza ¡Señor ten piedad! Una fórmula que arranca del Antiguo Testamento, atraviesa todo el Nuevo y llena la liturgia de las iglesias cristianas, ¡Ojalá fuera siempre una expresión llena de sentido, una auténtica plegaria!..

El domingo pasado escuchamos en el evangelio cómo la fe de Pedro flaquea, se asusta ante la fuerza del viento, siente miedo y comienza a hundirse ¡hombre de poca fe! le dice el Señor. Este domingo es una mujer pagana la que tenemos delante, con una fe fuerte, firme y humilde. Muy humilde. Ni siquiera un reproche –que raya en el insulto- pone a prueba su fe y su sencillez, virtudes que terminan por ¡ay! arrancar un piropo al Señor: Mujer ¡qué grande es tu fe! Quedando curada su hija en aquel momento…

Cuando el  evangelista escribe este texto, quizá la comunidad cristiana vive en tensión y por eso le recuerda la importancia de la universalidad de la fe. El testimonio de aquella mujer es una invitación a abrirnos a todos; a  superar las fronteras de la sinagoga, de la capillita y de los prejuicios, a dejar de lado tonterías y separatismos, a no ir por la vida con complejo de “aristócratas del amor y la santidad”.

Y es que todos somos cananeos, porque somos un poco extranjeros. Y  también porque todos, como esa mujer llevamos dentro algo que nos preocupa. Algo de qué  hablar con Jesús. Hagamos, pues, de cada Eucaristía una verdadera vivencia de fe, empezándola con ese ¡Señor ten piedad! que tan bien puede preparar nuestros corazones. Celebrémosla gozosos y agradecidos, porque no estamos invitados a comer las migajas que caen de la mesa, sino a sentarnos, con toda comodidad, a compartir el Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios que se nos entrega como alimento eterno[1]




[1] G. Vivo, Misa Dominical 1987, 16.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris