XIX Domingo del Tiempo Ordinario (A)

La escena del evangelio de hoy parece más bien uno de los relatos de los días posteriores a la resurrección más que un hecho de la vida pública del Señor, y quizá es que la escena esté fuera de lugar, en realidad da igual, porque el sentido es claro y nos invita a reflexionar en algo muy particular: la barca va avanzando en la oscuridad de la noche, a veces con dificultad, pero el Señor siempre está cerca, aunque no lo parezca. Este momento de la vida del Seños, con cada uno de sus elementos se puede trasponer muy bien a nuestro día a día, y las palabras del señor –¡Tranquilícense y no teman. Soy yo!- es un mensaje que se dirige personalmente a cada uno de nosotros cuando nuestra barca va avanzando con dificultad. Jesús se nos acerca de manera a veces confusa, y no le reconocemos, sólo vemos fantasmas, pero Él nos dice que es posible reconocerlo y saber que siempre está cerca de nuestra barca.

La primera lectura es entrañable. El Dios del Antiguo Testamento, que la misma Carta a los hebreos se nos presenta como un Dios de fuego y tempestad[1], aquí se define ¡ay! como todo lo contrario. A Elías, el gran profeta, Dios se le manifiesta diferente: viene a él en el susurro y es que es ¡el Dios de la confianza!... El Señor, en el evangelio, sube a la montaña a orar, a vivir en profundidad su unión con este Dios. Y después a los discípulos de la barca, se les mostrará como la presencia cercana del Dios que invita a la confianza en todas las ocasiones[2].

Y luego nos encontramos a Pedro. San Pedro. Ese Pedro entrañable y humano que añade su nota personal; la verdad es que tenemos que agradecerle que tenga espontáneamente nuestros comportamientos más habituales: Señor, si eres tú, mándame ir ti caminando sobre el agua[3]. En esta frase suya queda recogido el magnífico ardor de nuestros primeros impulsos: “¡Ah Señor, si eres tú quien me impulsa, voy a ocuparme de los demás!” (Sí, claro, pero he aquí el contacto con la ola: hago algo que me saca de mis hábitos, que no es natural en mí y observo prioritariamente la dificultad y descubro que no puedo. Tengo el mismo comportamiento de Pedro que oye el viento y observa la ola: me desanimo; renuncio, diciéndome que me he engañado respecto de mí mismo, de mis capacidades; que me ha sentido condicionado por lo que decían otros, pero que en el fondo esto no es para mí. En estas circunstancias, Señor, necesito tener el reflejo de Pedro: ¡Sálvame! Sólo tú, con la fuerza del Espíritu, realizas en el hombre lo que es imposible al hombre).

Quizá nuestra oración éste domingo, al hilo de lo que va sucediendo en la liturgia, o quizá al momento de ponernos de rodillas al comienzo de la plegaria eucarística, podamos decir a Jesús algo como esto, algo más o menos asín (sic):

“Señor Que mi mirada se aparte de la ola que agita el mar, que mi oído se haga sordo al ruido del viento. Tiendo la mano hacia ti, y tú, el Verbo de Dios, me coges la mano para ayudarme en el momento en que comienzo a hundirme. Y me dices una vez más: Hombre de poca fe ¿Por qué dudaste?[4] ¡Ten piedad de mí, pecador! Hazme caminar sobre las aguas, superar la debilidad de mi naturaleza débil y tan pronta a dejarse llevar por los vientos contrarios. Verdaderamente eres Hijo de Dios y hoy me postro ante ti[5]”■


[1] Cfr. 12. 18ss
[2] Cfr. J. Lligadas, Misa Dominical, 1990, 16.
[3] Cfr. Mt 14, 28-30
[4] Cfr. Mt 14, 31.
[5] Cfr. A. Grzybowski, Bajo el Signo de la Alianza, Narcea, Madrid 1988, p. 143 ss.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris