La barca está navegando
movida de ola en ola,
mas no se encuentra ella sola,
porque Jesús está orando.

Los panes multiplicados
del Padre Dios han venido,
y para darle las gracias
Jesús al monte ha subido.
Y a solas están los dos,
el cielo a la tierra unido;
lo que Jesús le decía
solo el Padre lo ha sabido.

Y en tanto el mar se agitaba
con el viento enfurecido;
Jesús que está con el Padre
de los suyos no se ha ido,
porque el amor siempre queda
con el amado prendido.
Era la cuarta vigilia,
y Jesús se ha aparecido

Yo soy, les dijo en el mar
al grupo despavorido.
Pues si eres tú, mi Señor,
le dice Pedro encendido,
dime que llegue hasta ti
sobre las aguas subido.
Ven, y camina con fe
y corazón decidido.

Y el agua era cual roca
para Pedro en fe transido;
pero, al dudar, era agua
y Pedro sucumbe hundido.
Sálvame, mi Salvador,
le gritó muy confundido;
Jesús le tendió su brazo
y Pedro fue socorrido.

Jesús se subió a la barca
y el mar perdió su rugido,
y adoraron al Señor,
ya todo miedo vencido.
Jesús es paz, nuestra paz,
Vencedor enaltecido,
amor que Dios nos regala,
hoy y aquí acontecido.

Jesús de la Eucaristía,
pan ofrecido y comido,
eres mi Dios de la barca
que con gozo he recibido.
Jesús a mí revelado,
diálogo, amor y latido,
en tu corazón me pierdo,
quede por siempre perdido. Amén

P. Rufino Mª Grández, ofmcap. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris