XVIII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

En el evangelio de hoy vemos al Señor que al enterarse de la ejecución de Juan el Bautista decide desaparecer e irse a un sitio apartado. La gente sin embargo se va a buscarlo, porque sigue esperando cosas de él, porque le interesa lo que Jesús puede ofrecer. Y Jesús les da lo que ante todo esperaban, porque siente lástima por ellos: cura los enfermos y después, en lugar de despedirlos, él mismo los alimenta: multiplica para sus apóstoles y para ellos los panes y los peces. Y todo eso –la curación de los enfermos, el dar de comer- sin hacer ningún discurso, sin ninguna predicación. Y más de alguno podrá pensar: “¿Por qué Jesús, en lugar de dedicarse a su misión, que es la de predicar, se dedica a esas cosas estrictamente materiales? Jesús vino al mundo a hablarnos de Dios, y resulta que hoy, en el evangelio, en lugar de hacer eso se dedica a los enfermos y los cura pero sin hablar del reino de Dios, y luego alimenta a la multitud, también sin predicar nada”.

El Señor ve lo que aquellas personas necesitan. Y el hacer esto –el brindar lo más elemental- es ya para Jesús traer la salvación. Para esas personas la salvación era eso: la curación, la comida, ¡la compasión! Hoy sucede lo mismo. ¿Qué es la salvación de Dios para un padre de familia que no puede pagar colegiaturas? La salvación será encontrar un mejor trabajo; y para un enfermo que lleva días en cama, ¿qué será la salvación de Dios? Será la curación, o será por lo menos el poder vivir su enfermedad en compañía y con un poco de paz.

La salvación que Dios quiere para los hombres es que los hombres puedan gozar plenamente de la vida, a cada paso, en cada circunstancia. Y el primer paso para vivir la vida con un mínimo de dignidad es precisamente éste: tener pan para comer, tener trabajo para seguir adelante, tener libertad para expresarse y tener justicia para que esa dignidad sea verdadera; tener el gozo de sentirse atendido y querido en el dolor y en la enfermedad... todo eso es, que decimos en este país, the basics. Justo por eso empieza por aquí la salvación de Dios. Y por eso Jesús comienza por aquí su anuncio del Reino. Así, todo lo que sea luchar por estas cosas tan básicas, todo lo que sea cooperar en su realización, será ya convertir la salvación en realidad. Será, en definitiva, realizar la obra de Dios.

Desde luego que el reino de Dios no es sólo esto o no se reduce a lo que se puede contener entre las manos. El reino de Dios es el anuncio y la invitación a vivir la vida eterna. Pero ¡cuidado! Enfocarse sólo en la vida eterna descuidando lo que hace falta para vivir con dignidad es un error. Esos “te encomiendo” o “pido por ti” o esas “visitas a pobres” o esas mega-misiones que terminan en desfile de modas y cantera de fotos para redes sociales pero en las que no hay un compromiso serio; ese seguir de largo el camino sin preocuparnos si ésa persona tiene, al menos, para comer ése día, no sólo no sirven de nada, sino que son una burla y una falta de caridad. Y cuidadín también con creer que esa ayuda material a los necesitados sólo vale cuando se realiza en nombre de Dios, o en nombre de la Iglesia o alguna de sus instituciones[1]. Toda acción en favor de los demás, aun cuando no lleve, ni de lejos, el nombre de Jesús o la aprobación de la Iglesia, es valiosa a los ojos de Dios que cuida de todos los hombres, aunque parezca que a veces no está presente.

Cuando damos de comer, cuando ayudamos a los demás, imitamos al Señor. Así de fácil, así de sencillo. No se trata de una parábola. No hay nada qué glosar. Nosotros no podremos hacer milagros, como él,  pero sí podemos contribuir a mejorar la situación de personas concretas: situación de pobreza humana o de pobreza espiritual, o de las dos a la vez. Si lo hacemos así, al final de la vida –cuando seamos examinados en el amor[2]- escucharemos aquellas (entrañables y alegres) palabras: porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber[3]



[1] J. Lligadas, Misa Dominical 1981, n. 16.
[2] San Juan de la Cruz.
[3] Cfr Mt 25, 31-46. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris