XVI Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Que Jesús inaugura el Reino ya lo sabemos y quizá nos suena a agua pasada, pero poco nos detenemos en el hecho de que lejos de aparecer con el brillo de un Juez que distingue a los buenos de los malos, se nos presenta como el pastor universal, un pastor prudente y comprensivo con la miseria humana, se presenta como el Dios-hombre que vino para salvar a los pecadores, invitándonos a que nos reconozcamos como tales y ¡atención! Confiemos en su amor y en su misericordia. El Señor no excluye a nadie del Reino. A absolutamente nadie: todos son llamados, todos pueden entrar: Qui propter nos homines et propter nostram salutem descendit de caelis. Et incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine, et homo factus est, dice el Credo de manera hermosima, profunda y además poética.  

Por la actitud que mantiene durante toda su vida, el Señor encarna la paciencia divina con respecto a nosotros, pecadores, para que comprendamos que ningún pecado priva al hombre del poder misericordioso de Dios. La voluntad divina de perdón es ilimitada. El secreto de esta paciencia de Jesús es el amor. Jesús ama al Padre con el mismo amor que Él es amado, porque Él es el Hijo.

Cuando se dirige a los hombres, nos ama con el mismo amor con que nos ama el Padre. Por su naturaleza, este amor es universal, y es un amor que invita al diálogo, a la reciprocidad perfecta. Para el Señor, amar a los hombres es invitarlos a dar una respuesta de amigos, pero libremente, con un respeto infinito a lo que son. Una respuesta libre, de compañeros en el amor, una respuesta que exige tiempo porque es una respuesta única e irreducible a ninguna otra. Esta respuesta se va dando poco a poco y además su gestión constituye una verdadera aventura espiritual, en la que los más adelantados conviven con los más retrasados; el don de sí mismo con el repliegue sobre sí mismo.

El amor con que el que Jesús ama a los hombres puede calificarse de amor paciente, porque respeta por completo a los demás en su propia alteridad, en su propia manera de ser.

Y aún hay algo más. Para el Señor amar a los hombres es amarlos hasta en su pecado, hasta cuando rechazan los designios que Dios tiene sobre ellos. El pecado de los hombres es el que ha llevado a Jesús a la cruz. Esta idea está en la entraña misma del evangelio. La mayor prueba de amor es la de dar la vida por aquellos a quienes se ama. Hasta el mismo momento en que el pecado del hombre conduce a Jesús a la muerte, todavía entonces persiste el amor, se hace todavía más grande y se afirma victorioso. Por eso, durante su Pasión fue cuando la paciencia de Jesús se reveló en toda su plenitud. En el momento supremo en que los designios divinos parecen estar abocados al fracaso por la actitud de los hombres, el amor se hace completamente misericordioso: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen[1]. Jesús nos ha amado a cada uno, con nombre y apellido, hasta el último momento.

La paciencia de Jesús produce escándalo, sí, es una paciencia que cuesta comprender, pero es una paciencia que da testimonio de un amor a su Padre y a los hombres, amor basado en el desprendimiento total de Sí mismo. Es también una paciencia que invita[2].

Aceptar los lazos de amor que nos propone el Señor a lo largo de su vida y en su muerte supone al mismo tiempo aceptar la pobreza radical –interior y exterior- la sencillez, la simplicidad. Tenemos tanto miedo a despojarnos de las cosas, tenemos tanto miedo a vivir desprendidos… el Señor nos invita, una vez más, a perder todo para ganarlo todo, nos invita a no tener miedo, a acercarnos al misterio de la paciencia divina, a hablarnos de tú con Él.

Un amante se acercó un día a la casa de su amada. Tocó a la puerta. Una voz preguntó desde dentro: ¿Quién es? El amante respondió: soy yo. La voz le dijo casi con tristeza: aquí no cabemos tú y yo. El amante se fue de ahí y durante mucho tiempo estuvo meditando el sentido de las palabras de su amada. Pasado un tiempo, volvió a acercarse a la casa de su amada y volvió a tocar, como lo había hecho anteriormente. De nuevo, como había pasado la vez anterior, la voz le preguntó desde dentro: ¿Quién es? Entonces el amante respondió: soy tú. Y la puerta se abrió, y él entro a la casa de su amada


[1] Lc 24, 24.
[2] Maertens- Frisque, Nueva guía de la asamblea cristiana, Madrid 1969, p. 189.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris