Si yo viera la cizaña,
al punto la quitaría;
tuya es la sabiduría
y el amor que nunca engaña.

Limpia, Señor, a tu Iglesia
en esta necesidad,
aleja de ella el escándalo,
quita toda suciedad.
Mas empieza por mi casa
con infinita bondad,
y hazme andar humildemente
en pureza y santidad.

¡Ay de aquel que escandalice,
a un niño de tu heredad;
con una piedra en el cuello
debieran lanzarlo al mar.
Nunca permitas, Jesús,
que suceda tal maldad,
ver la inocencia afrentada
por perversa voluntad.

Tú que el trigo y la cizaña
distingues con claridad,
aparta todo veneno
que nos pueda malear.
No tenga derecho el fuerte,
sino solo la verdad;
no brille apariencia santa,
que no merece brillar.

Oh Señor, que santificas,
a tu Iglesia en humildad,
cúranos de la soberbia,
que es pecado original.
Y llévanos por tu senda:
trasparencia y lealtad,
y la piedad con firmeza
a quien llegare a faltar.

Los justos y pecadores
viven juntos a la par,
mas tu Esposa es toda santa,
con su vestido nupcial;
y solo santos comulgan
tras la siega universal,
y en el Reino de tu Padre
solo santos entrarán.

¡Oh Jesús, luz y belleza,
que has venido a iluminar,
santifica nuestras almas
en tu divino hontanar!
¡Vive y reina, Dios amante,
sacramento en el altar,
y sea la Eucaristía
perdón, hermosura y paz! Amén

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Aguascalientes (México), Julio del 2011

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris