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La vida espiritual correctamente entendida ha sido siempre un ejercicio activo de resistencia, un asentarse con coraje frente a las ideas, las actitudes, la praxis que una determinada sociedad o un grupo humano concreto consideraban como máximamente productivas para sus intereses. Resistir consiste en insistir, incluso con la oblación de la propia vida, en aquello que, según las propias convicciones, resulta irrenunciable y que no puede entrar en ningún tipo de circuito de oferta-demanda. La resistencia para que siga realmente tal, comporta unas fidelidades íntimamente ancladas. La insistencia en las fidelidades, más allá de la moda, los intereses creados y las comodidades, no resulta nada fácil en un tiempo en el que muchas cosas se encuentran en un proceso de relativización y disolución. Adoptar una actitud de resistencia significa confesar, más allá de la lógica de las propias palabras y de los esquemas mentales que han configurado la visión del mundo de cada uno de nosotros, que hoy hay Alguno que habla, que nos habla (a menudo por medio de voces resquebrajadas, débiles y marginadas de los desheredados de la tierra) y nos invita a ejercer en medio de nuestra sociedad otoñal el oficio de hombres y mujeres. El amor es la gran resistencia, quizá la única resistencia de verdad Lluis Duch (Antropólogo, teólogo y monje de la abadía benedictina de Montserrat, en España) 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris