XV Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Hablar es una de las cosas más maravillosas y de más profundo significado entre los seres humanos. Dirigirse la palabra es abrirse a la comunicación con el humano, la construcción el del nosotros y comparecer delante de Dios, que es el de los hombres, la Palabra hecha carne[1]. Dirigir la palabra enriquece cuando la palabra es lo que debe ser: amor, expresión de la propia intimidad, revelación y regalo de lo más profundo que cada uno de nosotros somos. Cuando pronunciamos una palabra sin amor envilecemos el don de la comunicación. En el mejor de los casos vendemos información, otras veces pretendemos hacer valer nuestras opiniones, nuestros intereses, o exhibirnos, llamar la atención. El abuso de la palabra encierra al hombre en el egoísmo.

Vivimos en un mundo lleno de falsas palabras, de palabras egoístas o interesadas, de palabras que no sirven ya para la comunicación entre los hombres, sino para dominar. Una de las formas más sutiles de dominar al hombre la constituye hoy publicidad, que se ha convertido en prostitución, cuando debiera estar al servicio del hombre. Más aún, la publicidad en muchos casos no duda en instrumentalizar los más nobles ideales del hombre al servicio de un producto vulgar, es decir nos habla de amor, de paz, de justicia, de amistad, pero ¡ay! casi siempre para vendernos algo…

Hoy en el evangelio encontramos la palabra de Jesús, que es palabra de vida porque es palabra de amor. El Señor habla siempre con amor, revela siempre el amor de Dios en cada una de sus palabras. Su palabra es como una semilla, y quien la escucha y la acoge en su corazón comienza una nueva vida y produce el ciento por uno; buena tierra. Pero no todos escuchan la palabra de Dios con esa obediencia radical de la fe[2].

Hoy día corremos el riesgo de escuchar la palabra de Jesús como una palabra de tantas, escuchándola superficialmente como si fuera también una palabra interesada, y, por lo tanto, una palabra que no nos interesa. Este domingo, el décimo quinto del tiempo ordinario es un buen momento para detenernos y pensar que Jesús empeñó su vida entera en cada una de sus palabras, e hizo de toda su vida una palabra elocuente en el silencio de la cruz. La palabra de Dios pronunciada en el silencio de la cruz es una palabra fecunda porque es palabra de vida. Lo escuchamos en la primera de las lecturas: mi palabra no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo[3].

La Eucaristía dominical es como un campo en el que Dios siembra para que demos fruto a lo largo de la semana; y también como campo donde recogemos los frutos de lo que hemos vivido la semana anterior. Mucha semilla ha caído en nuestro campo, pero ¿y los frutos? ■



[1] Cfr. Jn 1,14.
[2] Cfr. Eucaristía 1972, n. 42.
[3] Cfr. Is55, 10-11.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris