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Utilizamos el concepto de numinoso para designar una calidad de vivencia en que se nos revela lo que significa rozar otra dimensión, otra realidad que trasciende el horizonte de la conciencia ordinaria. Esta trascendencia puede tener un carácter liberador o abrumador, gozoso u horrible, pero siempre se evidencia una fuerza que se experimenta como sobrenatural... Todo lo que nos hace temblar de horror o de alegría, todo lo que nos sitúa más allá del horizonte de nuestra realidad cotidiana, posee una calidad numinosa. Lo mismo ocurre con aquello que nos sume en un recogimiento sincero, o nos obliga a una entrega total de nosotros mismos; con lo que nos aterroriza o nos arrastra, a pesar nuestro, a un acto inhumano. En este sentido, todo lo que se vive como numinoso, ya sean luces o tinieblas, amenaza siempre la realidad ordenada de nuestro medio habitual y circunscrito haciéndonos estremecer. Es el tremendum de lo numinoso.  Pero al mismo tiempo aflora a la conciencia una dimensión inherente a nuestro Ser que es la base de toda nuestra vida. Ese es su poder seductor. Poder que fascina ese trasfondo de nosotros mismos, esa interioridad que deberíamos desarrollar K.G. Dürckheim, Meditar: por qué y cómo

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris