Domingo de Ramos de la Pasión del Señor (2014)

La lectura de la Pasión del Señor éste Domingo de Ramos nos presenta un cuadro dramático y terrible. Fuera de la ciudad sagrada, a la vista de los muchos que pasaban por allí, colgado en una cruz entre dos bandidos (guerrilleros nacionalistas, quizá), agoniza el mismo que pocos días antes había sido recibido y aclamado triunfalmente como el Rey-Mesías. Remata la escena un letrero en el que se daba noticia de la causa de su condena: El rey de los judíosTodos se ríen de él, ridiculizando las palabras que había pronunciado cuando predicaba, tanto los que al escucharlo recibieron su mensaje como acusación y denuncia de sus injusticias, como los que lo debieron sentir como anuncio de liberación. Todos de acuerdo: los que pasan por ahí, personas del pueblo que quizá lo había aclamado el domingo de Ramos y que ya había perdido toda esperanza en él; los sumos sacerdotes que habían vuelto a engañar al pueblo para que rechazara a Jesús y que ahora celebraban lo que creían que era su triunfo, y hasta los que estaban crucificados con él. Todos de acuerdo en que ése no es modo de salvar al mundo: si el salvador no es capaz de salvarse a sí mismo..., ¿a quién podrá salvar? Todos de acuerdo en que si Dios estuviera con él la suerte de aquel condenado no sería la que estaban viendo. Si aquel despojo humano fuera de verdad el Hijo de Dios, ¿qué clase de Padre sería ese Dios? Y, al final, parece que hasta el mismo condenado les da la razón: ¡Eloi, eloi, lema sabaktani, que significa Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?[1].

Acudimos al espectáculo de un Dios sin poder. A algunos les sonará a blasfemia, pero eso es lo que, con ojos humanos, vemos en el crucificado. Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, decimos domingo a domingo después de la homilía, pero ¿en qué consiste su poder? Ciertamente, el poder de Dios no es como el de los poderosos de la tierra. No. Dios no cambia el curso de los acontecimientos que los hombres, en el uso de su libertad, han decidido; no fuerza la libertad de los hombres, ni siquiera para que seamos buenos.

Dios es amor, escribe san Juan[2]. Y ése, el amor, es su poder. Y de ese poder sí está llena la figura del crucificado. Aquellos que lo veían entrando en Jerusalén y luego colgado del madero no fueron capaces de descubrirlo: todos los que hablan al verlo en la cruz pretenden que Dios anule lo que los hombres han hecho para que, demostrado así su poder, puedan creer en Jesús; no comprendían que el amor fuera ya salvación.

Veinte siglos después nos sucede lo mismo: nos resulta difícil creer que el amor puede transformar el mundo. Sin embargo, conocemos por experiencia la fuerza del amor: si se apodera de nosotros nos cambia la vida, y cuando se hace norma de convivencia de un grupo, transforma su forma de vivir. Entonces, si lo dejáramos organizar el mundo en lugar de que siga estando en manos de la fuerza y del poder, ¿no cambiaría nada? Buena pregunta para este domingo[3].

Como Jesús, hay que poner en riesgo la vida. Y sin ventaja: Jesús tuvo que afrontar la muerte solo, como un simple hombre. La confianza que él tenía en Dios no alivia ni el dolor de verse rechazado por su pueblo y derrotado por sus enemigos ni la angustia ¡tan humana! de enfrentarse a la muerte, sin embargo así y sólo así se manifestó el poder del amor de Dios y ¡ay! sólo un pagano, supo verlo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios[4]. Entre tantos salvadores poderosos, entre tantas ofertas ¿no sería, digamos, inteligente, dar una oportunidad a este Salvador? ■





[1] Mt 27. 46.
[2] Cfr 1 Jn, 4.8.
[3] R. J. García Avilés, Llamados a ser libres. Ciclo B. Edic. El Almendro, Madrid 1990, p. 76 ss.
[4] Mt 27, 54-56.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris