V Domingo de Cuaresma (A)

Desde lo hondo, a ti grito, Señor, hemos cantado en el Salmo responsorial de este último domingo de Cuaresma[1]. Si cada uno de nosotros, muy sinceramente, muy realísticamente, no se sitúa también en lo más hondo de su propia vida, muy en el corazón de lo que cada uno es, será imposible acompañar a Jesús durante estos últimos días de la Cuaresma y durante la Semana Santa, más aún: será muy difícil unirnos a Él en la celebración de la Pascua.

Quizá la mayor tentación de nuestra vida cristiana sea la de situar lo que a ella se refiere –nuestra relación con Dios y ante Dios- en lo marginal de nuestra vida, en cosas y aspectos secundarios que no son los más importantes y decisivos y hondos de nuestra vida. Y entonces esto, el corazón, lo que podríamos llamar la esencia de nuestra vida, se queda sin Dios, lejos de Él.

Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá: y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre, dice Jesús a Marta, e inmediatamente pregunta directo y sin preámbulos: ¿Crees esto? Es una afirmación de Jesús y una pregunta al mismo tiempo, y que a través de la liturgia se dirigen a lo más hondo de cada uno de nosotros y que sólo desde esta hondura puede captarse y puede responderse: de hecho es solamente en la realidad humana, iluminada por la luz de Cristo, donde las palabras "vida" y "muerte" tienen sentido.

Marta responde y le llama Señor a Jesús, y Mesías: Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Es su fe en Jesús lo que le permite dar el salto a la fe en la victoria de la Vida sobre la muerte, el salto a la fe en la resurrección personal.

La resurrección de Lázaro fue –según el evangelio de Juan- el último "signo" que obró Jesús antes de su pasión y muerte, el signo que anunciaba su propia resurrección. No por nada la liturgia de la Iglesia sitúa ese evangelio en los umbrales de la Semana Santa. En los domingos anteriores Jesús ha afirmado que él era para nosotros la fuente de agua que brota para darnos vida[2] y la luz que nos ilumina por el camino de la vida[3]. Hoy nos dice que Él es nuestra vida, una vida que está en nosotros, que podemos brotar para los demás como fuente de agua viva; ser luz para que ilumine el camino de otros. En menos palabas: es un domingo maravilloso para creer que en nosotros está presente la fuerza renovadora del Espíritu Santo que nos comunica Jesús resucitado.

Esta es nuestra fe, ésta es nuestra esperanza. Que el Espíritu de Dios nos mueva y ayuda a comprender que estos días deben ser de una profunda preparación para la celebración de la Pascua; pidamos y anhelemos que esto sea verdad en lo más hondo de cada uno de nosotros, en el corazón de nuestra vida[4]



[1] Este es uno de los «cánticos graduales» o «canciones de las subidas», que entonaban los israelitas en su peregrinación a Jerusalén y a su Templo. Es también uno de los siete salmos penitenciales, de los que tan amplio uso se ha hecho en la Iglesia, en particular de éste, el De profundis, y del salmo 50, el Miserere. La Biblia de Jerusalén le llama así: De profundis. Es un salmo penitencial, sí, pero más aún un salmo de esperanza. La liturgia cristiana de difuntos lo emplea ampliamente, no como lamentación, sino como oración en que se expresa la confianza en el Dios redentor. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Imploración de la divina misericordia. Deprecación transida de compunción y de humildad: el salmista reconoce sus pecados y espera la rehabilitación espiritual de la misericordia divina. De lo profundo de su tribulación clama el salmista a Dios, seguro de alcanzar la misericordia de del Señor: «Salmo penitencial. Invocación del nombre de Dios misericordioso, repetida siete veces y salida de lo más hondo del corazón. Queremos presentar a Dios todos los recovecos de nuestra realidad, para que él los mire con ojos de misericordia. El perdón define la actitud fundamental de Dios con nosotros. Por esto, esperamos en él, a pesar de nuestros incontables pecados. "Jesús" significa "Salvador", "porque salvará a su Pueblo de sus pecados" (Mt 1,21)» (J. Esquerra Bifet).
[2] Cfr. Jn, 4, 1-42.
[3] Id., 9, 1-23.
[4] J. Gomis, Misa Dominical 1990, n. 7.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris