Yo abriré vuestros sepulcros, pueblo mío,
que no puedo soportar vuestras tristezas;
yo bajaré a los infiernos de la angustia
y lloraré con vosotros vuestras penas,
y sembraré de alegría vuestras vidas
que seréis para siempre pura fiesta.

Y no puedo tolerar, amigos míos,
que arrastréis por más tiempo las cadenas
que os convierten en esclavos miserables.
Os libraré, os llevaré a la tierra
prometida, la tierra de la paz,
la tierra de la felicidad entera.

Yo mismo abriré, pueblo mío, los sepulcros
del miedo, el desencanto y las tinieblas;
clavaré mi bandera victoriosa
en la oscuridad de la conciencia,
y os regalaré hasta un lucero vivo
que os alegre y cure la ceguera.

Yo abriré los sepulcros de los odios
que miserablemente os pudren y os entierran;
os daré un corazón nuevo, como el mío,
en el que el amor y la amistad florezcan.
Abriré, pueblo mío, todos los sepulcros,
porque soy Resurrección y Vida plena;
lucharé cuerpo a cuerpo con la muerte,
aunque tenga que morir en la pelea;
pero os juro que vosotros viviréis

y llenaré de mi Espíritu la tierra

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris