VII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Cómo comprender el Evangelio de hoy con esas frases tan sorprendentes de dar más de lo que nos pide quien no tiene derecho? Cuando leemos y comentamos este párrafo siempre hay alguien que, con ironía, pregunta si su significado podría ser el de tener que dar a una persona que nos asalta en la calle más de lo que nos exige. Quién así lo comprende ha captado sólo una parte del sentido en las frases del Señor, es decir, ha captado solo la intención digamos provocadora, pero no el contexto y el fondo. En otras palabras: quien así razona tiene una formación religiosa en que se entiende como obligación todo lo que dice el Evangelio, como si Jesús hubiera sido un letrado de gran formación jurídica y moral que únicamente hubiese dado consejos y normas para cumplir.

Es curioso –y muy triste- pero como consecuencia de la formación que hemos recibido (¡y seguimos impartiendo en catequesis y homilías!)  A muchos les parece que ser cristiano es cumplir a rajatabla lo que Jesús mandó, llevar a la práctica sus mandamientos y traducir todo su mensaje a doctrina moral. Si el Señor hubiera sido un jurista hubiera tenido en cuenta la máxima según la cual la ley no puede pedir imposibles ni actuar contra el sentir común. Si Jesús hubiera sido un moralista, hubiera tenido en cuenta (al estilo de la tradición de los grandes moralistas orientales) que la vía de la perfección moral es una senda muy lenta en la que no se pueden quemar etapas y que, por eso, pedir al discípulo, ya, determinadas conductas heroicas puede ser contraproducente.

No son las solas perspectivas moral o jurídica las adecuadas para entender las palabras del Señor éste domingo. Jesús fue y es una Persona profundamente religiosa. Desde esta perspectiva vive y habla; en esa perspectiva por tanto hay que situarse para poder comprender bien el mensaje. Ser religioso no se identifica con ser persona de hábitos piadosos y frecuencia cultual, aunque puede coincidir. En cortito: no por repetir más jaculatorias ni pronunciar el nombre de Dios en cantidad de ocasiones se es tampoco profundamente religioso.

Ser religioso es vivir la realidad cotidiana y la profunda desde la referencia a Dios que alimenta y apoya las grandes convicciones y actitudes con las que nos guiamos. Ser religioso es tener una actitud muy natural ante la vida y contarla desde Dios. Es vivir una estrecha relación vital con Quien es confesado como el autor y director de la Historia.
El Señor, situado en esta perspectiva, tiene como misión de su vida ayudarnos a descubrir la realidad, el modo de ser, la forma de actuar y sentir de Dios a Quien El considera de una manera muy personal y cercana, a Quien El concibe siempre en relación con los seres humanos. Y para expresar ese sentido personal, cercano, sensible y relacional, utilizó una palabra muy particular: Padre.

Esta es la clave, la fórmula, la respuesta que permite entender a Dios y comprender el mensaje de Jesús. Dios es como un Padre.

En el sentir común de los humanos un padre no es, ni mucho menos, perfecto, moralmente hablando. Todos tenemos experiencia de nuestros propios padres o de padres ajenos. Con sus defectos, sus manías, pero siempre con una enorme capacidad de amar que les hace tolerar, soportar, aceptar, querer, a sus hijos. Con su interés desinteresado por aportar a sus hijos lo que necesiten aunque tengan que quitárselo a sí mismos e, incluso, tengan que robarlo.

Ser padre es ser capaz de amar, y amar dice relación, no perfección; es establecer un tipo de relación donde el amor supera todo límite y todas las previsiones de respuesta. Nunca hasta que uno es padre, sabe hasta dónde es capaz de amar, de luchar, de sacrificarse, de entregar.

Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto no es pues una mera llamada obligatoria, no es una norma ni un consejo, es más bien una confesión sorprendente. Es un descubrimiento. Y es también una invitación. Porque perfectos no podemos ser, ni merece la pena luchar por la inasequible meta de una fría perfección moral al más puro estilo estoico o de recibidor de villa romana con aires aristocráticos.

La invitación del Señor de éste domingo es acercarnos a un Dios próximo, comprensivo, entrañable.

No se trata, pues, de sacar demasiadas conclusiones morales ni marcarnos obligaciones que nos impulsen, en tensión, hacia las alturas de hombres heroicos que acumulan virtudes, destierran vicios y cultivan cualidades sobrehumanas. Mejor será detenernos un momento y bajo la mirada amorosa de un Dios tan Padre que lleguemos a la convicción de que somos y podemos relacionarnos como hermanos, que somos amados como somos, invitados a mejorar y a llegar al cielo y, mientras tanto, a trabajar con los pies bien aterrizados y bien puestos sobre la tierra por la extensión del reino de Dios[1]





[1] Cfr. J. Alegre, Dabar 1990, n. 15.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris