VI Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Dichosos los que caminan en la voluntad del Señor, acabamos de cantar en el salmo responsorial de hoy, y en el evangelio seguimos escuchando el Sermón de la montaña. Es un domingo en que la Palabra de Dios se puede llamar  claramente "moral", así como otros días es histórica o "dogmática" sobre el misterio de  salvación. El mensaje del Señor es serio y exigente: pide que sus discípulos sean mejores que  los letrados y los fariseos; nos pide que no nos contentemos con lo que puedan ser las  claves o motivaciones del obrar en la sociedad en que vivimos. Los cristianos tenemos un  punto de referencia claro: la enseñanza de Cristo, que nos ha transmitido la voluntad de  Dios. Los judíos tenían también un punto de referencia: la Alianza primera del Sinaí, que  ahora queda cumplida, completada y perfeccionada por Cristo. Si nuestra moral sólo se basara en referencias sociales –que en el  fondo son modas ideológicas- el cristianismo no tendría sentido, y es aquí donde precisamente se nota la pobreza de la moral  o de la ética de nuestra sociedad, porque se contenta con lo que gusta a uno, o a la  mayoría, o con un cierto consenso de la sociedad o la mera  limitación de no hacer daño a otros... El criterio para los cristianos es Cristo Jesús: su vida –que termina en la cruz- y su enseñanza –que anima a amar incluso a quienes hacen daño[1].

El Señor, con su predicación, con su día a día, no se  contenta con el mero "cumplimiento" exterior, por lo tanto, nosotros no nos podemos contentar con el no matarás en sentido de descargar una pistola, hay otra manera de matar a los  demás con nuestros juicios interiores, o con las palabras hirientes, o el odio, o el desprecio,  o el insulto, o la actitud de rencor. Podemos matar la fama de otros, sin necesidad de sacar un cuchillo. Si no matamos, pero anidamos odio dentro de nosotros, todo queda manchado en nuestra conducta.

Y lo mismo pasa con el adulterio, que no sólo sucede cuando de hecho rompemos las barreras, sino también cuando consentimos los deseos o nos dejamos envolver en esta  carrera hedonista de la sociedad actual, que alimenta continuamente el deseo de la mujer  o el hombre ajenos. La limpieza interior de la persona humana, según el Señor, no se contenta con evitar el pecado externo, sino que lucha por ordenar los deseos interiores. En el caso de los que entregamos nuestra vida al Señor en el sacerdocio o la vida consagrada, «cuando un ser humano se sabe amado por Dios, cuando acepta la gracia del celibato cristiano y actúa en consecuencia, experimenta cada vez más claramente que el celibato, más que una renuncia, es un regalo, más que indigencia, es riqueza. Entonces entiende que es enteramente comprendido y protegido por Dios, en quien puede confiar y contarle todo lo que le sucede. Sí, una vida con Cristo es la felicidad más grande que se puede desear. Un benedictino alemán señala: "¿Dónde me siento a gusto? ¿Allí donde me he establecido? ¿Allí donde hay seres queridos, con los que puedo platicar? ¿O me siento a gusto con Dios? Viviré bien el celibato si me siento feliz con Dios[2]»[3]

El otro ejemplo que él pone –el del juramento en nombre de Dios- quizá nos parezca anticuado o veterotestamentario, pero también aquí su llamada es a una actitud interior: el amor a la verdad, la claridad, la autenticidad. Debería bastarnos el sí y el no, sin necesidad de  mayores juramentos: si nuestra fama de personas creíbles fuera clara, no necesitaríamos de  otros apoyos a nuestra palabra.

Lo principal es que vivamos no con espíritu de esclavos, temerosos del castigo, sino con una profunda libertad interior que nos lleve a orientar nuestra conducta moral, nuestro día a día en menos palabras, de manera responsable, no siguiendo la mera costumbre o la moda que sigue la sociedad, sino el ejemplo y la enseñanza de Cristo Jesús; a cumplir en todo momento la voluntad de Dios[4]





[1] Cfr. Mt 5, 44.
[2] Cfr. A. Grün, Ehelos - des Lebens wegen, Münsterschwarzach 1989, p. 57.
[3] Cfr. J. Burgraff, Celibato y amor. Puede leerse en línea: http://www.conoze.com/doc.php?doc=9157
[4] Cfr. J. Aldazábal, Misa Dominical 1990, n. 4.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris