II Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Vivimos en un mundo con una enorme dosis de masificación, basta asomarse a la red o a cualquiera de las publicaciones de papel couché. Un rápido vistazo a calle de cualquier ciudad nos daría un mismo resultado, personas vestidas igual sin el menor asomo de personalidad. Los jeans han uniformado a una juventud que ha rechazado el "uniforme" de los colegios, cediendo con absoluta entrega a los dictados de la moda. En las casas sucede algo similar: pueden faltar cosas esenciales pero no un televisor o un DVD. Los medios de comunicación se encargan de que nos esforcemos en pensar igual, vestir igual y tener el mismo estándar de vida. Es este un mundo de seres uniformes en los que el individuo se pierde completamente en la masa, olvidando el sentido de su identidad.

Justo por esto resulta hoy sorprendente lo que escuchamos hoy en la primera de las lecturas: un Dios que llama personalmente a los suyos, a cada uno de los suyos, desde el vientre de su madre. Nada de masa, ni de hombres o mujeres sin nombre o rostro. El Señor ha pensado en cada uno y nos ha llamado por nuestro nombre, marcándonos un camino singular y particular que hemos de responder respondiendo personalmente a esa llamada personal.

Contagiados por esa masificación ambiental en la que estamos inmersos, hemos caído también en el mismo estilo al relacionarnos con Dios. Somos cristianos como casi todos los que nos rodean, pero hoy nos encontramos frente a frente con una llamada personal, directa, con un camino que sólo cada uno de nosotros debe recorrer, con un Dios que espera una respuesta que sólo cada uno de nosotros puede dar. La liturgia de hoy nos pone frente a un reto personal que tenemos que resolver individualmente, una decisión que nadie puede resolver por nosotros.

Te hago luz de las naciones, escuchamos en boca del profeta. Aceptar esa misión supone responsabilidad y compromiso personal, algo a lo que no estamos demasiado acostumbrados. Aceptar esa misión supone actuar, decidir, elegir, vivir, en una palabra. Sin todas esas realidades no puede decirse que tengamos auténtica vida cristiana, de la misma manera que si en lo humano no actuamos, decidimos, elegimos, no tenemos vida.

El gran pecado de nuestra vida es sin duda el pecado de omisión. Hemos sido llamados para ser luz del mundo y hacemos poco o nada. Hoy más que nunca debemos acoger ese reto de ser luz. Si dejamos pasar la ocasión sin una respuesta pronta, caeremos en ese pecado del que hoy habla Juan en el evangelio, un pecado que consiste en no hacer, en no comprometerse con Dios y con los hombres, en no arriesgar nada, en no responder diariamente al reto que supone un compromiso diario de vida cristiana.

Y la respuesta personal se traduce en un compromiso constante. Ciertamente es algo difícil, tan difícil que, en alguna ocasión, puede parecer insuperable. Por eso cobra un significado tan profundo el evangelio de hoy: para recorrer el camino que se abre ante la vocación personal cristiana, es necesario estar bien alimentado y sentirse acompañado en el camino. Todo eso lo tenemos los cristianos: cada celebración dominical es una ocasión para recibir un espléndido alimento; cada domingo podemos escuchar que el Cordero de Dios, sinceramente recibido, es el alimento que puede convertir la debilidad en fortaleza, la indecisión en resolución y el conformismo en inquietud, en sana inquietud.

Domingo a domingo deberíamos alegrarnos por tener la oportunidad de acudir a una reunión ¡sagrada reunión!- en la que podemos alimentarnos con el mismísimo Cuerpo y Sangre de nuestro redentor[1] para, después, fuertes, poder hacer algo por los demás.

Ahí, en la concreción del amor, es donde los discípulos de Jesús recuperamos nuestra identidad perdida: sabemos lo que somos y para qué estamos en el mundo. Es ahí donde se pone a prueba la autenticidad de la fe. Porque es ahí donde la Palabra se hace carne y se construye la fraternidad de los hijos de Dios ■


[1] A. M. Cortes, Dabar 1987/11.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris