nEw-oLd-IdeAS (I)

Cuando Dios te pide cerrar la puerta antes de orar, quiere recordarte la necesidad de separar la actividad externa a tu habitación de la actividad interna. Y esto es dicho con respecto al corazón, a los sentidos y a las personas. Respecto al corazón, es necesario que tú eches fuera absolutamente todas las preocupaciones, los pesos, las ansiedades y los temores en el momento en el cual te pones frente a Dios, de modo que te sea posible entrar en la paz verdadera que sobrepasa toda comprensión. En este sentido cerrar la puerta significa consolidar al propio corazón a salvo detrás de la separación que se interpone entre el mundo carnal y el mundo espiritual, separación que equivale a una muerte. En otros términos, cuando cierras la puerta detrás de ti, debes considerarte como muerto al mundo carnal y puesto frente a Dios, para beneficiarte de su providencia y para invocar su misericordia. Respecto a los sentidos, generalmente estás asediado por pensamientos que se han fijado en tu mente, por imágenes que han golpeado tu fantasía, por palabras que has memorizado y también por otras experiencias que se han impreso en ti a través de los sentidos. Además, todo esto comporta modelos despreciables hacia los cuales tu conciencia puede haberse sentido atraída: luego los sentidos les han retenido y la mente les ha aferrado. Estos modelos de comportamiento a veces reviven deliberadamente, otras veces llaman furtivamente y contra tu misma voluntad, otras veces también te ves obligado a invocarlos sin ningún motivo particular e independientemente de la voluntad y de la conciencia: vienen así a crearte un amargo conflicto interior. Es por esto extremadamente oportuno, cada vez que entras en tu habitación, que tú actúes anticipadamente y expulses de la conciencia estos pensamientos, pidiendo perdón a Dios con contrición y arrepentimiento, firmemente decidido a transformar esos recuerdos en una ocasión de horror y de rechazo  Matta El Meskin, Consigli per la preghiera. Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris