II Domingo de Adviento (A) 8.XII.2013

Que el Bautista viene del desierto no es necesario afirmarlo. Todo él sabe a desierto. No sólo por lo más evidente como son su vestidura y austeridad de vida, sino, sobre todo, por  ser un hombre que ha buscado, en la soledad y en el silencio, al que tenía que anunciar.

Este segundo domingo de adviento es una invitación a dejarnos seducir por ese grito en  el desierto que nos trae la lectura evangélica. Sería sanador, para cada uno de nosotros,  una lectura pausada y silenciosa del relato. En él encontramos las austeridades del protagonista que se traducen en denuncia de  nuestra vida facilona y consumista, de nuestra vida que rehúye el sacrificio y el dolor. Seguro que pondremos todos los matices posibles a sus exageraciones pero, en el fondo de nuestro corazón, quizá tengamos que reconocer que  nos produce una cierta envidia su valiente modo de enfrentarse con la vida.

También su lenguaje es provocador. No tiene miedo de hablar del juicio y de la ira de Dios, así como de la inseguridad del hombre ante tales realidades. “Es como del Antiguo Testamento” podemos pensar, pero los  encontronazos del Señor con los fariseos no eran más suaves[1]. El punto está en que el Bautista nos presenta un rostro de Cristo un tanto desconocido para nuestras  mentalidades cristianas actuales: como el que viene a traer el Espíritu como un fuego purificador para poder aventar la parva y separar el trigo de la paja. El prefacio lo dirá de manera similar y hermosa:

Tú nos has ocultado el día y la hora
en que Cristo, tu Hijo, Señor y Juez de la historia,
aparecerá, revestido de poder de gloria,
sobre las nubes del cielo.

En aquel día terrible y glorioso
pasará la figura de este mundo
y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva.

El mismo Señor
que se nos mostrará entonces lleno de gloria
viene ahora a nuestro encuentro
en cada hombre y en cada acontecimiento,
para que lo recibamos en la fe
y por el amor demos testimonio
de espera dichosa de su reino[2].

El fuego quema lo que no resiste su calor. Es como el juicio de Dios, que discierne entre lo verdadero y lo falso. Fuego interior capaz de destruir las sutiles mentiras con que nos defendemos. Lo trajo Jesús para que arda, queme e ilumine[3].

El fuego de Jesús da vida. Es el fuego del Espíritu que penetra cada uno de nuestros corazones y los transforma desde dentro. Es el fuego del amor del Padre, manifestado en el amor de Jesús; es el fuego que hace presente en nosotros al Espíritu de Dios. No basta el agua. Hace falta Espíritu y fuego. De nada sirve el bautismo cuando falta el cambio radical de mentalidad ■


[1] A.L. Martínez, Semanario Iglesia en camino, Archidiócesis de Mérida-Badajoz, n. 278, 6 de diciembre de 1998.
[2]Pefacio III Adviento del Misal Romano.
[3] Lc 12,49.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris