Que sea yo, Jesús, tu fiel discípulo,
la Iglesia de tu amor sea mi guía,
en tanto que entre gozos y esperanzas
hacemos el camino de la vida.

Vendrán profetas varios con su hechizo,
vendrán a ti, Iglesia pobrecilla;
vendrán usurpadores y dirán:
“El tiempo es éste: Yo soy el Mesías”.

Vendrá la confusión, como emisario
de nueva y de triunfal filosofía;
habrá como un diluvio turbulento
de guerras, desamores y perfidias.

Vendrá la duda íntima clavada
con flechas y opiniones relativas;
y un blando Dios, difuso, que no pide
poner la vida entera en carne viva.

En la persecución seréis testigos,
de Espíritu y de Cruz mi Parusía,
seréis mis amadores resistentes,
la luz que, alzada sobre el monte, brilla.

Que yo he venido y en el fondo estoy,
y soy desde el principio fuente viva,
pues antes que nacieras a esta luz,
Yo soy la luz, la paz en ti escondida.

Yo soy quien te creó y te bendijo,
y no me fui, que estoy como semilla,
adentro muy adentro palpitando,
hablando al corazón de quien se humilla.

Por eso, quien se encuentra, a mí me encuentra,
y encuentra en mí la vida y armonía;
Yo soy ahora cierto tu futuro,
Yo soy regalo y don de tu conquista.

Tú eres tú, mi historia y mi promesa,
tú eres Dios, aquí, mi Eucaristía;
aleja mis pecados y temores,
y anhele yo, amante, tu venida.

¡Jesús de Nazaret, Hijo de Dios,
mi ruta, mi final, mi eterna dicha,
suban a ti las flores del amor:
la Iglesia peregrina las envía! Amén
P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Puebla, 12 noviembre 2010

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris