XXX Domingo del Tiempo Ordinario (C) 27.X.2013

El de éste domingo es uno de ésos evangelios-examen para la vida cristiana. El Señor dice ésta parábola a propósito de los que se creían buenos; de aquellos que estaban seguros de sí mismos (de lo que pensaban y de lo que hacían) y que despreciaban a los demás.

El fariseo de entonces y de todos los tiempos tiene cierta base; “en la medida en que cumpla la ley de Dios –piensa- en esa medida Dios me premiará y me salvará”. Así, la salvación para él no depende tanto de Dios cuanto de sí mismo, de su propia fidelidad, de su propia vida. Esto hace que la ley sea fuente de derechos ante Dios. Para él las obras buenas hacen al hombre bueno y merecedor, por derecho propio, de la propia salvación.

Este fariseísmo está hoy presente en nuestro mundo cristiano tanto a nivel individual (grave) como a nivel comunitario (infinitamente peor).

A nivel individual debemos confesar que hemos educado y hemos sido educados en el fariseísmo. Tenemos la ley como norma fundamental de la vida, y así nos hemos vuelto cristianos cuya preocupación principal es el cumplimiento de lo mandado. Cristianos que, porque hemos cumplido a la perfección la letra del precepto, ya estamos tranquilos y nos sentimos ¡ay! con derechos ante Dios. Cristianos que pensamos que nuestras obras buenas son como ingresos en una caja de ahorros celestial que podremos exhibir ante Dios para reclamar capital e intereses. Cristianos que, juzgando como pecadores a quienes no cumplen las leyes con la minuciosidad con que nosotros lo hacemos, nos creemos mejores y ¡Ay! hasta agradecemos a Dios el ser tan buenos, con tanto  tono humano y con tan buena formación.

A nivel comunidad hay también un gran fariseísmo en ésta Iglesia nuestra: grupos, de carácter conservador o de carácter progresista, que se creen, como grupo, los buenos, los cumplidores, los fieles (unos al Derecho Canónico, otros a un espíritu de Jesús de Nazaret que difícilmente se compagina con sus juicios y actitudes), grupos que, menospreciando a los otros (en el sentido literal de la palabras "menos-preciar") los juzgan equivocados, dignos de conmiseración y sin sitio apenas en la comunidad de hermanos. ¡Ah!, eso sí: unos y otros piden por la conversión de quienes no piensan como ellos. ¡Fariseos, siglo XX!

¿Dónde radica el mal del fariseísmo? En nuestra propia visión de Dios, a quien vemos como un comerciante que vende cielo a cambio de obras; en nuestra visión de Jesús y de su salvación, a la que no vemos como una novedad gratuita, como justificación por amor sin pedir nada a cambio, sino solo fe. Hermano mío, hermana mía ¡no hemos entendido nada de la Redención! No comprendemos que Dios se complace más en un pecador que ama, confía y se arrepiente (aunque en absoluto pueda ofrecer obras buenas), que en un justo con muchos méritos, abundantes obras y confianza en sí mismo.

El Señor nos invita hoy, a los que tenemos alma farisea, a que tengamos alma de publicano, a que tengamos real conciencia de la pobreza de nuestros méritos y de la incapacidad de presentar ante Él nada a cambio del perdón y de la justificación. Tan apartados del Señor vivimos quienes olvidamos esto, como aquellos que creen que la salvación depende de sus obras y le pasan factura.

Todos tenemos en nuestra vida actitudes farisaicas que nos lleva a creernos buenos, mejores que otros a quienes quizá compadecemos y hasta amamos, pero desde nuestra situación de mejores, de bien formados, de aristócratas del amor y de la santidad. Todos, en alguna ocasión, hemos pensado en lo que Dios nos dará "como justa paga por nuestros méritos".


Hoy es un buen día para guardar silencio, y en silencio examinar sinceramente nuestra oración y descubriendo la autenticidad de nuestra fe y de nuestra actitud frente a la redención que el Señor nos viene a regalar ■

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris