XXV Domingo del Tiempo Ordinario (C) 22.IX.2013

Lo que les interesaba a los hombres de la época del profeta Amós no es muy diferente de lo que nos interesa a los hombres de hoy: el dinero. El dinero –pensamos- es la suma y compendio de todo cuanto el hombre apetece en el mundo: poder, influjo social, cultura (en muchas ocasiones), confort, belleza (¿?), refinamiento, buen gusto (a veces); placer, en una palabra. El que tiene dinero, y en la medida y cuantía en que lo tiene, suele imponer su fuerza y señala las reglas de juego. El que tiene dinero muchas veces dicta condiciones y los demás no tienen más remedio que aceptarlas deseando, en el fondo de sus corazones, que las cosas cambien.

Es por todo esto que el dinero es el gran rival de Dios, y aunque llegados a éste tiempo del año litúrgico escuchamos que es imposible servir a dos señores al mismo tiempo, no logramos asimilarlo y hacerlo vida en nuestra vida. En muchas ocasiones, en caso de elegir, nos hemos quedado con el primero, con el poderoso caballero don dinero, que dice la sabiduría popular. No hay más que mirar a nuestro alrededor, el triunfo del dinero por el dinero: priva la especulación y la ganancia sin límites. La palabra mágica es rentabilidad. La finalidad de la mayor parte de los hombres es tener dinero. Envidiamos al que lo tiene y admiramos al que ha sabido amasarlo, ¿es esto compatible con nuestra fe cristiana? ¿No estaremos hechos todos unos esclavos?

El dinero, el gran rival de Dios. En la elección entre estas dos fuerzas gigantescas, de signo y contenido distinto, se libran grandes batallas en el corazón del hombre, y no es fácil escapar a su seducción, y si no somos capaces de dominar el dinero, él irá minando poco a poco nuestra vida cristiana. Esa vida cristiana que es un trabajo para ir convirtiéndonos en hijos de la luz, para ser cada vez menos hijos de este mundo[1]. Se trata de preguntarnos siempre si realmente ponemos todo lo que tenemos (dinero, capacidad de influencia, tiempo...) al servicio de Dios y de aquellos que tienen menos, en todos los sentidos[2].

Servir al dinero suele ir acompañado de una aparente seguridad, pero también de una inquietud permanente, de un usar a los demás como instrumento, de un destruir la naturaleza, de un emplear la mentira como medio normal de relación, de un ver al hombre sólo como competidor, consumidor o productor; de una competitividad ilimitada, pero sobre todo de un valorar las cosas más que las personas.

¿Por qué no poner más atención a la serenidad que nos brinda nuestra fe? ¿Por qué no proponernos vivir más ligeros de equipaje, más con el corazón puesto en las realidades que no se acaban, que duran para siempre? ■



[1] Cfr. Jn 17,15 ss.
[2] J. Lligadas, Misa Dominical, 1992, n. 12

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris