XXIV Domingo del TIempo Ordinario (C) 15.IX.2013

Nos parecen ingenuas las películas de buenos y malos, pero más ingenua, más cruel y más estúpida es nuestra manera de clasificar a los hombres en buenos y malos. Los malos, por supuesto, son siempre los otros: los de izquierdas, los no católicos, los arrejuntados, los homosexuales, los jugadores, los envidiosos, en una palabra: los que no son como nosotros. Los buenos ¡somos nosotros! Los católicos, los de derechas, ¡los que acudimos a medios de formación!, los que vamos a misa los domingos… los de antes, los de siempre.

Y así, con este estúpido razonamiento, nos sentimos justificados por contraste con los oficialmente calificados como malos, sobre cuyos hombros cargamos sus pecados, y de vez en cuando los nuestros propios.

Y así es como nos resistimos al cambio, a la conversión. “¡Que cambien ellos!”, pensamos, pero si llega hasta nosotros el rumor de que han cambiado, lejos de alegrársenos el corazón, nos consume la envidia, exactamente igual como sucede con el hermano mayor, ése que permanece a la sombra en el evangelio y en el cuadro de Rembrandt y sobre el que hay tanto qué reflexionar[1].

Cuando el Evangelio nos presenta el gozo por la conversión del pecador –más grande que por los noventa y nueve justos- se enciende ésa lucecilla roja, chillona en nuestro interior, y nos revolvemos inquietos en el asiento, y es que nos molesta que aquellos, a los que habíamos encasillado entre los malos, no sean tan malos como pensábamos. Nos fastidia, porque toda nuestra bondad consistía en ser distintos de "esos". Pero nos molesta, sobre todo, porque su cambio nos arroja al rostro la poca –o ninguna- penitencia que hacemos.

¿Cómo vamos a convertirnos nosotros, tan seguros en tenernos por buenos? No hemos querido comprender que buenos y malos no son dos clases de personas -¡qué cómodo resulta ese encasillamiento!- sino dos alternativas en la vida de cualquier persona. O como decía mi señor cura Donato (la Purísima, en Aguascalientes): “El que es malo no lo es con todos”.

La única diferencia estriba en que hay pecadores que se reconocen por tales y quieren cambiar y cambian y provocan el gozo del cielo. Mientras que hay pecadores que nos tenemos por buenos y no queremos cambiar, y no solo no nos arrepentimos sino que despreciamos a quien lo hace, mirándolos por encima del hombro y negándonos a entrar en la alegre celebración que el Padre tiene preparada ■



[1] Anímate a leer esto: H. Nouwen, El regreso del hijo pródigo. Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt:  http://www.dudasytextos.com/actuales/regreso_hijo_prodigo.htm

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris