Parador de pecadores,
de mujeres confundidas,
de mis idas y venidas…
hoy rumbo de mis amores.

De las cien ovejas una
se perdió por los zarzales,
y pensando en otros males
fue el pastor por su fortuna.
Que aquella oveja querida
valía noventa y nueve,
era suya, dulce y leve,
y el amor jamás olvida.

Ovejuela del Señor,
que me arrime hasta su cara,
me tenga bajo su vara:
soy yo, débil pecador.
Ya su abrazo que me estrecha
muy dentro de mí lo siento,
guárdame de todo viento,
mi cabeza a tu derecha.

Mi pastor es mío, mío,
y hasta mi esposo se dice,
que me mima y me bendice
me da el maná del rocío.
Jesús, que te gusto amor,
sin memoria del pecado,
divino pan consagrado,
dulce de todo sabor.

Mi Jesús, mi sacramento,
mi historia, única y junta,
que aquieta toda pregunta
y rompe adverso argumento.
Mi Jesús, paz regalada,
corona de mi deseo;
¡en fe te adoro y te veo,
patria mía, patria amada!

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Puebla, 3 septiembre 2010.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris