Domingo de Ramos de la Pasión del Señor (2013)


Es estremecedor el sufrimiento y el dolor que se acumulan hoy en el mundo, un sufrimiento y un dolor que destruyes día a día a hombres y mujeres nacidos para la vida y la  felicidad. Las cifras son aterradoras (y no hace falta mencionarlas aquí). Y ése dolor y ése sufrimiento suceden ante los ojos mismos de Dios. No es extraña, pues, la queja dolorida y acusadora: ¿Dónde está Dios? ¿Quién es? ¿Por qué se calla? ¿Por qué no hace nada? 

Es cierto que estas quejas proceden, con frecuencia, no de los mismos que sufren los horrores de una vida inhumana, sino de nosotros: los espectadores saturados de bienestar que sólo conocemos ese sufrimiento a través del televisor o las estadísticas, o anualmente, a través de ¡ay infeliz expresión! “visitas a pobres” o de las célebres mega-misiones… Pero la queja no es por ello menos verdadera: ¿Dónde está Dios? ¿Qué dice ante el  sufrimiento de todos y cada uno de los hombres?

Dios no ha respondido con bellas palabras ni hermosas teorías sobre el dolor. Sencillamente ha compartido desde dentro el drama humano y ha sufrido con nosotros. Por lo tanto, si queremos conocer la respuesta de Dios al sufrimiento de los hombres, la tenemos que  descubrir en el rostro infamado y torturado de un crucificado que «ha muerto tras un  misterioso grito lanzado al cielo pero no contra el cielo» (L. Boff), de la contemplación de su Pasión que hoy, domingo de Ramos, vamos a iniciar.

Desde aquella tarde de Viernes Santo, el dolor no es signo de la ausencia de Dios. También en el dolor absurdo y en el sufrimiento cruel y destructor está Dios. En los momentos de máximo absurdo, impotencia, abandono, soledad y vacío ¡Dios está  ahí! Al lado del hombre, solidario con el que sufre, afectado también él por el mismo  sufrimiento.

Allí donde parece que no hay Dios o que se ha retirado, es donde está Dios más cercano que nunca. Allí donde nosotros imaginamos su ausencia total, ahí está precisamente la máxima revelación de Dios y de su inexplicable amor al hombre. Este amor de Dios no protege de todo sufrimiento, pero protege en todos los  sufrimientos[1].

Hermanos y hermanas, creer en la cruz es descubrir la cercanía de Dios y su  presencia en nuestro mismo dolor y sufrimiento, sabiendo que algún día –no sabemos cuándo- Él mismo enjugará  las lágrimas de nuestros ojos y ya no habrá muerte ni llanto ni dolor, pues lo de antes habrá  pasado[2] .

En Jesús crucificado podemos descubrir, si queremos, si estamos abiertos, si paramos ése torbellino de activismo y superficialidad en el que todos estamos envueltos que es el amor a Dios y la solidaridad con los hermanos lo que da un sentido último a todo nuestro ser y nuestro hacer.

Hay un modo de vivir y de morir que no se perderá jamás en el vacío. Hay algo que es  más fuerte que la misma muerte y es el amor. La resurrección nos revelará todo el vigor y la fuerza salvadora que se encierra en esta  vida sacrificada. Esta vida entregada por amor no ha sido vencida. Al contrario, ha  encontrado su plenitud en la vida misma de Dios[3]




[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 45 ss.
[2] Ap 21, 4
[3] J. A. Pagola, op. cit., p. 281 ss. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris