Solemnidad de la Epifania del Señor (2013)


Lo primero que podríamos hacer éste domingo en el que la Iglesia celebra la solemnidad de la Epifanía es acercarnos al evangelio con la misma sobriedad y sencillez con las que escribe san Mateo, así y sólo así descubriremos la identidad más profunda de estos misteriosos personajes venidos de lejos. Los magos son en realidad unos buscadores. El evangelio parece tener predilección por este tipo de individuos capaces de movimiento. Los magos captaron una señal y se pusieron a caminar. No fue algo bullicioso, era una señal, digamos, casi imperceptible, discreta, pero que encontró resonancia en ésa complicidad interior. La señal de la estrella se insertó en la nostalgia, en un deseo, en una búsqueda.

Y comenzó la aventura. Una aventura que los llevó a abandonar seguridades habituales, a afrontar el ridículo (muchos los habrán juzgado de locos, o al menos de soñadores) y meterse en un viaje que les llevaría quién sabe a dónde.

La actitud de los magos es aún más llamativa y más elocuente cuando se compara con la de los intelectuales y expertos convocados por Herodes. Estos están preparados para facilitar las informaciones precisas. Hoy –por decirlo con palabras modernas- se les llamaría “hombres y mujeres con mucha formación”… pero que (tristemente) no se mueven de sus libros, de sus esquemas, de sus normas tan rígidas. Dejan que los otros sean quienes corran el peligro. Su geografía es la aprendida en los textos, nunca a  través de la experiencia...

Y lo mejor de todo es que el Niño y sus padres se dejarán encontrar por los insatisfechos, los buscadores, por los magos venidos de lejos. Quizás también nosotros tenemos necesidad de aprender, de estos magos el sentido del movimiento. Se trata de no pararse ni siquiera frente a la verdad que uno cree haber descubierto. ¡Ay! de los satisfechos en este campo. Ciertos cristianos dan la impresión de colocarse y reposar en la verdad; “¿es la posesión de la verdad lo que da fundamento a tu reposo, o es el amor al reposo lo que crea tu verdad?”[1], se preguntaba Thibon.

Ser creyentes quiere decir ser incansables buscadores de Dios, no poseedores de Dios. El creyente es alguien que no se considera nunca llegado, sino en camino, homo viator. Para el creyente Dios no es una posesión, no es un objeto de bolsillo, sino Alguien que jamás es encontrada de una vez para siempre; Alguien de quien se tiene sed. Los creyentes somos un pueblo que camina por el desierto buscando a Dios, y al encontrarlo es necesario librarse de la ilusión de "tener" a Dios, de poseerlo de una vez para siempre. Se trata de tener la fuerza, el coraje, de reemprender cada día la búsqueda apasionada. Cada cristiano debemos aparecer, a los ojos de los otros hombres, no como un rico que posee la verdad y se digna dispensarla desde una cátedra de privilegio y de presunción, sino como alguien que se une a ellos humildemente para buscar juntos.

Y al final queda aún una duda por resolver: ¿somos nosotros los que buscamos a Dios o es él el que nos busca? ¿Es más ardiente la nostalgia –con frecuencia inconsciente- que el hombre tiene de Dios o la nostalgia que Dios tiene del hombre?

El mismo deseo que nos había puesto en camino, que nos había empujado a partir, venía de Él. En Él descubrimos la fuente y la satisfacción de nuestra sed.

En cualquier caso, el don más precioso que podemos ofrecerle es el habernos dejado encontrar[2]


[1] G. Thibon.
[2] A. Pronzato, El Pan del Domingo. Comentarios al ciclo C. Edit. Sígueme, Salamanca, 1985.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris