El Bautismo del Señor (2013)


Con la muerte de los últimos profetas, se había extendido en el judaísmo tardío el convencimiento general de que el pecado de Israel había alejado el Espíritu de Dios de los suyos. Dios se había callado, y el pueblo sufría su silencio; los cielos permanecían cerrados e impenetrables y los hombres caminaban tristes a través de una tierra sin horizontes…
Ante éste (triste) panorama, la escena del Bautismo del Señor significa pues una noticia, digamos, revolucionaria para los primeros creyentes y en ellos para nosotros. El cielo se abre y el Espíritu de Dios desciende de nuevo sobre los hombres. La vida no es algo cerrado: se nos abre con Jesús un horizonte infinito.

 Con ésta fiesta la Iglesia y su liturgia comienzan un nuevo tiempo, el tiempo ordinario. Navidad ya quedó atrás pero no así la gran noticia: El cielo está abierto de nuevo, y Dios está con nosotros. Oculto para unos, desconocido para muchos, pero con nosotros. No el dios frío de la razón, tampoco el dios distante del puro misterio, es un Dios de carne y huesos, un Dios hermano, un Dios amigo.

Esta unión –quizá solidaridad sea un término más apropiado- de Dios con los hombres pone el cimiento para algo importante: la fraternidad entre los hombres, una fraternidad que está lastimada por la contradicción en que vivimos tantos cristianos, encerrados en nuestro propio egoísmo, demasiado alejados de un Dios Padre y demasiado extraños a los que no viven para nuestros intereses. Vamos a decirlo con otras palabras: qué fácil es cantar villancicos en un hogar caliente y después de una buena cena ante la imagen del nacimiento, y qué difícil vivir compartiendo lo que uno es y tiene con ese Jesús de carne que son los desheredados de la tierra.

El misterioso bautizo del Señor que la Iglesia nos invita a contemplar hoy va más allá de una euforia pasajera, es una manifestación de Dios. Es una invitación, a través de la liturgia, a  alimentar nuestra alegría interior y nuestra esperanza en la cercanía de un Dios que está presente en nuestro vivir diario. San Ignacio de Antioquía (a quien seguirá santo Tomás) nos dirá que el Señor se hace bautizar para purificar el agua del bautismo, para que este rito tenga, en adelante, vigor sacramental. San Cirilo de Jerusalén nos dirá que fue para conferir a las aguas el olor de su divinidad, y Melitón de Sardes lo explicará con una metáfora bellísima: Aun siendo totalmente puros ¿no se bañan en el océano el sol, la luna y las estrellas?

Lo importante es que celebremos ésta manifestación del Señor –junto con la Epifanía y las bodas de Cana- como el momento para nacer constantemente a Dios en nuestra vida, para bautizar nuestro vivir diario con el Espíritu que animó a Jesús al entrar en el Jordán[1], así lo expresa una bellísima antífona del breviario dominicano para la fiesta de la Epifanía: Hoy la Iglesia está unida a su esposo del cielo, porque Cristo la ha lavado de sus crímenes en el Jordán. Con las manos llenas de regalos, los Magos corren a las bodas reales. Y todos los comensales saborean el agua transformada en vino




[1] C. Floristan, De Domingo a Domingo. El Evangelio en los tres ciclos litúrgicos, Ed. Sal Terrae, Santander, 1993, p. 33 y ss.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris