III Domingo de Adviento (C) (Gaudete)


Desde la antífona de entrada hasta la oración después de la comunión, toda la liturgia de este domingo es una invitación a la alegría y a la fiesta. Este año se lee, además, el texto paulino que contribuyó a dar colorido propio al domingo gaudete.

La reforma litúrgica ha querido conservar el tradicional tono de alegría de un domingo que señala la mitad del Adviento, de modo semejante a como el domingo laetare señala la mitad de la Cuaresma. Sin embargo, hay algo más profundo: el Señor está cerca. La liturgia de este domingo explica los dos significados fundamentales del Adviento: expectación de la última manifestación de Cristo al final de la historia –la parusía- y la preparación para la Navidad. De ambas venidas del Señor la liturgia nos habla éste domingo, y mientras más nos aproximamos a las celebraciones navideñas más fuerte es la invitación a mantenernos expectantes y activos, pero también alegres.

Todo habla de alegre espera porque el Señor está en medio de su pueblo y viene a salvarnos. Sí: la venida del Señor es motivo de alegría, como lo es el encuentro de aquellos que se aman: los amigos, los esposos, los viejos compañeros del colegio. Y es que la alegría humana es una realidad perfectamente válida para expresar la voluntad de Dios de encontrarse con su pueblo: La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo[1]. Y a la inversa: el pueblo, la Hija de Sión, el nuevo Israel, se alegra y grita de júbilo[2].

La de éste domingo es la alegría de Juan el Bautista, el amigo del Esposo, que está presente y escucha, y salta de gozo al oir su voz[3]. Es también la alegría de los amigos del Novio, los discípulos de Jesús, que no pueden ayunar porque el Novio está con ellos[4].

Y lo es también la alegría de la Iglesia, la esposa de Cristo, una esposa que constantemente necesita de purificación y silencio, de oración y ayuno[5] y que está atenta a la predicación del Bautista. La pregunta se planteaba a todos. A las gentes en general, a los publicanos, a los  soldados, en el momento en que adivinaban que habían llegado los tiempos mesiánicos: Entonces, ¿qué hacemos? La respuesta  de Juan Bautista es sencilla: Haced  vuestro trabajo con justicia. Y esa es, de hecho, la única respuesta verdadera: hemos de seguir viviendo con autenticidad, con justicia y con sentido de los demás. Por eso el cristiano está siempre alegre y su serenidad se contagia a los demás ¿la razón? La escuchamos en la primera lectura de labios de Sofonías: El rey de Israel está en medio de ti..., el Señor tu Dios, en medio de ti, es un  guerrero que te salva". Es el alegre poema de la Liturgia de la Palaba de éste tercer domingo de Adviento ■


[1] Is 62,5
[2] So 3, 14: Lc 2,10
[3] Jn 3, 29; Lc1, 44
[4] Lc 5,34
[5] J. López-Martín, Misa Dominical 1985, n. 24

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris