XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)



En el mes de noviembre termina el año [o ciclo] litúrgico. Hoy es el penúltimo domingo del Tiempo Ordinario y la liturgia de la Palabra nos invita a meditar con calma sobre el fin del mundo y el cumplimiento de la historia de la salvación. Es bueno pensar con serenidad en el final para poder entender mejor los principios, y sobre todo para saber vivir en el presente. Meditar en las realidades últimas es signo, digamos, de valentía espiritual.

El evangelio es uno de los textos quizá más difíciles de comprender, por eso hay que escucharlo con especial atención. Se trata del retorno de Cristo al fin del mundo para el juicio universal. Por encima de previsiones catastrofistas o apocalípticas, la enseñanza de Jesús está centrada en la parusía o segunda venida del Hijo del hombre. El juicio universal, que tantas obras de arte ha inspirado, en realidad es un acontecimiento positivo –el último de la historia de la salvación- en el que el Hijo de Dios, con la gloria del Resucitado, hará un juicio y reunirá a todos los elegidos.

Las imágenes cósmicas del sol, de la luna y de las estrellas de las que nos hablan las lecturas no desean otra cosa que subrayar la grandiosidad de la segunda venida. La historia final del mundo no es una catástrofe sino una salvación para los elegidos. No podía ser de otra manera, pues ya en el comienzo de la historia humana, la creación fue el gran gesto de amor de Dios.

¿Cuándo será el retorno glorioso de Cristo? ¿Pronto o tarde? No lo sabemos, y no solo no lo sabemos sino que no debemos angustiarnos por saberlo, ni vivir preocupado bajo concepciones milenaristas[1]. El futuro de cada uno está en manos de Dios.

La parábola de la higuera es una invitación a la vigilancia y a la interpretación de los signos de los tiempos. Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, se sabe que la primavera está cerca pero que aún no ha comenzado. La palabra cerca es clave; los signos de los tiempos no anuncian el fin del mundo, sino la cercanía del fin para cualquier generación de ayer, de hoy y de mañana.

¿Qué cosas –de todo lo que vemos, de todo lo que existe- permanecerán ese último día, y cuáles serán, por el contrario, arrastradas por el tiempo en su caída? ¿Qué habrá sido, ese día, de los poderosos que crucificaron a Jesús? ¿Dónde estará, esa tarde, el poder del dinero que hoy parece llevar las riendas del mundo? ¿Dónde el ejército de los violentos que hoy dominan, imponen, esclavizan? No quedará de ellos –dice el Señor- ni rama, ni raíz. En cambio, aquel Hijo del hombre que no tenía dónde reclinar la cabeza, indefenso ante quienes lo mataron, partidario a ultranza del amor y del perdón... está sentado a la derecha de Dios.

Y esta luz nueva va dando a las cosas, a la gente, a la vida un sentido diferente; lo va colocando todo en su sitio: ese sitio que ocuparon un día en el proyecto limpio de Dios creador. Y es bueno que nos dejemos bañar por esa luz. Es importante que nos paremos a pensar dónde está nuestra esperanza, en qué punto de apoyo estamos haciendo descansar nuestro corazón. Es importante que pesemos en esa balanza los esfuerzos que hacemos, las preocupaciones que nos asaltan, la amargura que, tantas veces, nos detiene. Sería triste que, el día menos pensado –ése que conoce solamente Dios Padre-, nos encontráramos con que hemos vivido aferrados a cosas que se van a ir también, en ese último atardecer, en ése atardecer en el que seremos juzgados en el amor[2]




[1] El milenarismo o quiliasmo es la doctrina según la cual Cristo volverá para reinar sobre la Tierra durante mil años, antes del último combate contra el mal, la condena del diablo al perder toda su influencia para la eternidad y el Juicio Universal. Tuvo influencia en la Iglesia del Siglo II de la era cristiana, en la Edad Media, y finalmente entre los protestantes fundamentalistas.
[2] San Juan de la Cruz.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris