XXIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)


Gabriel Marcel que «sólo hay un sufrimiento y es el estar solo». La afirmación podrá parecer exagerada, pero lo cierto es que, para muchos hombres y mujeres de hoy, la soledad es el mayor problema de su existencia[1].

Aparentemente en ésta sociedad globalizada estamos mejor comunicados que nunca con los demás y con el resto del mundo. Los medios de comunicación se han multiplicado de manera insospechada. El teléfono permite mantener una conversación con las personas más distantes. El televisor introduce hasta nuestro hogar imágenes de todo el mundo. Se impone lo público sobre lo privado. Se habla de asociaciones de todo tipo, círculos sociales, relaciones públicas, encuentros, ONGs, pero todo ello no impide que una soledad indefinida, difusa y triste se vaya apoderando de muchos hombres y mujeres. Hogares donde las personas se soportan con indiferencia o agresividad creciente. Niños que no conocen el cariño y la ternura. Jóvenes buscan encuentros sexuales anónimos que sólo acrecientan el egoísmo; amantes que se sienten cada vez más solos después del amor, amistades que quedan reducidas a cálculos e intereses materiales…

El hombre actual va descubriendo poco a poco que la soledad no es necesariamente el resultado de una falta de contacto con las personas sino que, antes, la soledad puede ser una enfermedad del corazón. Si mi vida es un desierto, el mundo entero es un desierto, aunque esté poblado de toda clase de personas[2].

Sin duda, son muchos los factores que pueden llevar a una persona a ese aislamiento interior que se expresa en frases cada vez más oídas: «Nadie se interesa por mí». «No creo en nadie». «Que me dejen solo. No quiero saber nada de nadie».

Para superar el aislamiento, es necesario abrirse de nuevo a la vida. Aceptarse a sí mismo con sencillez y verdad. Escuchar el sufrimiento y la alegría de los demás. Romper el círculo obsesivo de «mis problemas» para recuperar la confianza en los gestos amistosos de los otros por muy limitados y pobres que nos puedan parecer.

Nuestra fe cristiana no es un remedio terapéutico que pueda prevenir o curar la soledad, aunque ayude. El creyente está sometido, como cualquier otro, a las tensiones de la vida moderna y las dificultades de la relación personal, sin embargo puede encontrar en su fe una luz, una fuerza, un sentido, una energía para superar el aislamiento, la soledad y la incomunicación, de la misma manera que hombre sordo y mudo, incapaz de comunicarse, que escuchó un día la palabra curadora y maravillosa del Señor, Efetá, ábrete


[1] Gabriel Marcel (1889 - 1973) fue un dramaturgo y filósofo francés. Sostenía que los individuos tan sólo pueden ser comprendidos en las situaciones específicas en que se ven implicados y comprometidos. Esta afirmación constituye el eje de su pensamiento, calificado como existencialismo cristiano o personalismo.
[2]  J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra, 1985, p. 225 ss.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris