Se rompió la sordera:
“Effetá” que me dijo,
y al sentir su saliva
la Palabra se hizo.
Era el día primero
de mi nombre y Bautismo.

Hace oír a los sordos
y hace hablar a los mudos;
él nos da la alabanza,
la alegría y el culto.
Ha llegado el Mesías
habitante del mundo,
la divina presencia,
mi presente y futuro

Y mi Dios sacramento
en su amor me introdujo:
me sacó de la turba:
“Hijo mío te curo.
Pero quede en silencio
y que el don sea tuyo
Hijo mío, este amor
busca el bien sin murmullo”.

Pero el alma me pide
no acallar ese triunfo,
y en las plazas pregono
y tus gestos yo anuncio.
¡Oh Jesús, humildad,
Evangelio profundo,
Hijo amado del Padre
yo declaro y pronuncio!

Y aquí, dentro del pecho,
yo te adoro y te escucho:
eres tú intimidad,
mi secreto y mi arrullo,
mi exquisita dulzura
y mi gozo más puro:
eres Alfa y Omega,
el Primero y el Último. Amén 

P. Rufino Mª Grández, ofmcap

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris