XXI Domingo del Tiempo Ordinario (B)


La primera lectura de hoy es muy sugestiva y muy interesante. Cuando las doce tribus llegan a la tierra prometida, Josué las convoca para sellar un pacto de fidelidad con Señor. Habían caminado por el desierto y después de muchas dificultades llegaban al final del camino. Es éste un momento decisivo en la vida de Israel, un momento en el que hay que escoger entre el Dios que los ha conducido o los dioses antiguos y los dioses de pueblos vecinos. Una decisión que no es sencilla y que el mismo Josué presenta de manera  polémica e incluso desafiante.

Nuestra voluntad de seguir al Señor es también una decisión; la fe no es algo que vamos arrastrando sin preguntas y razonamientos (y si no te cuestionas tu fe, hermano mío, vas perdiendo miserablemente el tiempo). Esa decisión se toma por un convencimiento profundo. Los motivos que el pueblo da para seguir al Señor no son motivos teóricos: es la experiencia, la liberación vivida, toda una historia que hace inimaginable ninguna otra posibilidad que no sea esta de seguir al Señor. La frase con la que culmina el relato es simplemente maravillosa: También nosotros serviremos al Señor: ¡es  nuestro Dios!.

El motivo fundamental es éste: Él es nuestro Dios. Y lo mismo sucede con el seguimiento de Jesús. Pedro lo dice de manera espléndida: ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras  de vida eterna.

Esa decisión de seguir al Señor no es solamente individual, sino que también se hace de manera colectiva, en asamblea. La comunidad es el lugar en donde se afirma y se renueva esta voluntad de seguimiento de Jesús y de pertenencia a la Iglesia. Y esto debe de interpelarnos. No somos cristianos individualmente, como si fuera una cuestión de línea directa entre cada  uno y Dios. Nuestra asamblea eucarística de cada domingo es el lugar donde se hace  visible y real esta característica básica del ser cristiano, de ser cristiano en comunidad. La Eucaristía debe ser el lugar dónde reafirmar y renovar, cada domingo, la adhesión al Señor. Por eso, hermano mío, hermana mía, si hasta hoy no haces vida de parroquia, si hasta ahora no estás conectado con tu comunidad parroquial –por la razón que fuere- es momento de preguntarte cuándo lo vas a hacer. Aún más, si hasta ahora vas brincando de parroquia en parroquia buscando “en cuál está el sacerdote mejor formado” o “dónde hay un mejor tono humano entre los feligreses” ó “dónde se cuida más la liturgia” (frases todas ¡ay! que hemos escuchado) yo te invito a un serio examen de conciencia pues tu visión de la Iglesia es chatita chatita, y tu “servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida” se queda en una frase bonita para un libro empastado en piel que sirve de adorno para una monísima (sic) salita de estar. Relaciónate con tu comunidad parroquial, conoce a tu párroco, ofrécele tu tiempo, tu ayuda y, por qué no, también tu dinero.

El evangelio de hoy concluye una serie de cinco domingos en los que escuchamos el Discurso del Pan de Vida. La conclusión es una exigencia de decisión. Lo inaceptable para los seguidores de Jesús (¡son los seguidores los que se escandalizan, no los de fuera del grupo!) no es, ciertamente, sólo una comprensión antropofágica del anuncio de la Eucaristía. Eso es más bien la excusa. Lo inaceptable es que Jesús lo quiere todo. Quiere que quien quiera llegar a Dios debe cambiar radicalmente su vida y asumir una (vida) de entrega a los demás hasta la muerte por amor. El quiere ser el objeto de fe[1].

El Señor constata que nadie comprende quién es Él y quiere saber si sus discípulos lo han comprendido o si se quieren marchar, también. La respuesta es de Pedro, en su voz está puesta toda la voz de la comunidad: Señor ¿a quién iremos? –es la voz de la Iglesia.

Nosotros ¿realmente asumimos todo lo que Jesús pretende, o asumimos solo una parte? (¿el estilo  de vida?, ¿el tenerlo como punto de referencia personal? ¿La fe en su salvación? ¿El don  de la Eucaristía?...).

Que la Virgen, la más perfecta de los discípulos del Señor, con su poderosa intercesión, nos ayude a tomar una buena decisión ■


[1] J. Lligadas, Misa Dominical 1991, n. 12.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris