XIX Domingo del Tiempo Ordinario (B)


La primera lectura de éste domingo es una de ésas [grandes] escenas del Antiguo Testamento que nos da mucho qué pensar. Elías huye de la persecución de Jezabel, que no le perdona su defensa del Señor y de la alianza. Huye además con ganas de dejarlo todo e incluso –dramáticamente- de morir. Pero los planes del Señor son otros: lo quiere vivo y dispuesto a continuar, por eso le da, lleno de ternura y cuantas veces hace falta, el pan que le dará las fuerzas para caminar cuarenta días y cuarenta noches –como Israel atravesando el desierto en el Éxodo- para llegar a la montaña, el lugar donde Dios le hará ver cómo atraerá al pueblo, una vez más, hacia la alianza[1].

El relato es, ciertamente, muy sugestivo, y vale la pena detenerse en él. Elías es uno de los hombres que marcaron al pueblo del que nació Jesús y al que pertenecemos, por la fe, también nosotros. La historia de Elías es sin duda un espejo de nuestra propia historia, de nuestro propio camino, el difícil camino de la fidelidad a Dios, a nuestra vocación; camino que a veces se ve obscurecido por las tinieblas, por las propias caídas, por la desesperanza. Sin embargo, de la misma manera que lo hizo con Elías, Dios se acerca para darnos un pan que permita continuar el camino con sus cuarenta días y las cuarenta noches hasta llegar al encuentro con Él: la Eucaristía.

Esa ternura de Dios se hace realidad –se hace carne, dice san Juan al comienzo de su evangelio[2]- en el Señor, que es perfecto Dios pero también es perfecto hombre, y que camina el camino de la vida con nosotros y hoy nos hace una invitación-oferta muy concreta: El que cree en mí tiene vida eterna. Es esta una de las grandes afirmaciones cristianas: la vida eterna es ahora, la vida que Jesús da es la experiencia profunda de haber superado ya la barrera de la muerte; es la experiencia profunda de sentirse lleno (y si queremos utilizar un lenguaje moderno: la experiencia de sentirse realizado como persona).

Se trata, pues, de encontrar la felicidad y la realización personal en la fe en Jesús, y en el seguimiento de su estilo de vida. Se trata de sentirse "atraído" por Él, y de tal manera que se convierta en el único camino viable y válido. Y entonces todo eso tiene una culminación, continúa más allá de la muerte física: el que cree en mi, tiene vida eterna[3].

¿Qué quiere decir Jesús cuando dice el que come de este pan? Quiere decir convertir a Jesús en el propio alimento, encontrar en Él el único pan que vale la pena comer; en menos palabras: creer en Él con una fe que es adhesión personal y seguimiento de su mismo camino, de sus mismos criterios, de su mismo estilo de vida. De su misma actitud, en una sola palabra.

Y después de esto dar un paso más. Lo dice la última frase del Evangelio de hoy y lo dirá ampliamente el del domingo próximo: es querer unirse a él en el alimento físico, palpable… en el sacramento de la Eucaristía[4]


[1] Vienen a la memoria las lembas, el alimento ficticio perteneciente al legendarium de J. R. R. Tolkien. Se trata de un pan que recupera las fuerzas de aquel que lo toma. Está hecho con cereales que la Valië Yavanna sembró en los campos de Aman, y que los Eldar obtuvieron como regalo durante su Gran Marcha. Más tarde, éstos sembrarían por su cuenta el cereal, que crecía rápidamente y solo necesitaba un poco de luz solar. Sin embargo, la elaboración del pan solo era conocida por unas pocas Elfas, las llamadas Yavannildi o Ivorwin ("Doncellas de Yavanna" en las lenguas quenya y sindarin, respectivamente), a las que Yavanna había enseñado el secreto de como elaborarlas. En El Señor de los Anillos, Galadriel es la responsable de la preparación del lembas en Lórien. Según El Silmarillion, Galadriel aprendió el secreto de la preparación de este pan de Melian, la reina consorte de Doriath y una maia que había trabajado junto a Yavanna en Valinor antes del despertar de los Elfos. Inicialmente, hasta antes de la llegada de la Compañía del Anillo a Lórien, sólo los elfos podían comer lembas ya que los Valar habían prohibido compartirlo con mortales. El motivo de ello era que si algún mortal las tomaba, desearía la inmortalidad de los Elfos e ir a las Tierras Imperecederas, lo cual no estaba permitido. Esta en parte relacionado con la Eucaristía, el pan de vida. La etimoloigía es interesantísima: Lembas es el nombre compuesto en sindarin, que significa "Pan de Viaje": lend: viaje, ruta, camino. (m-)bass: pan. En quenya las llamaban coimas, que significa "Pan de Vida".
[2] Cfr Jn 1. 14.
[3] Id., Jn 6, 41-51,
[4] J. Lligadas, Misa Dominical 1991, n. 11. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris