XVII Domingo del Tiempo Ordinario (B)


A partir de hoy y durante los domingos vamos a escuchar en el evangelio uno de los capítulos más importantes del Evangelio de Juan: el capítulo sexto donde se recoge el hermoso discurso del Pan de vida.

San Juan sitúa su relato en la proximidad de la Pascua, la gran fiesta de los judíos. Este detalle es intencional. En la primera pascua Dios alimentó a su pueblo con el cordero y con el maná, realizando el pacto de la alianza. Jesús, por su parte, brindará como alimento su propio cuerpo, ahora prefigurado en el pan. Llegamos a un momento en la historia de la humanidad en el que Dios se acerca y se sienta con su pueblo para comer juntos.

La multiplicación de los peces y los panes no es un simple reparto de pan, sino un acontecimiento en el que Dios y el hombre toman parte muy activa. Mientras Jesús atravesaba el lago una gran multitud lo siguió por la ribera sin tener en cuenta lo avanzado del día ni la lejanía de sus hogares. Era una multitud hambrienta de Jesús: lo buscaron y se le acercaron en la colina para escucharlo. Habían visto los signos de Jesús cuando curaba a los enfermos y presentían que Él podía llegar a ser un factor decisivo en sus vidas. Nosotros ¿necesitamos a Dios? ¿Lo buscamos como un bien absoluto, o más bien nos declaramos satisfechos cuando podemos gozar de sus bienes, o de los bienes que creemos nuestros y conseguidos con nuestro esfuerzo? Es difícil trazar una raya entre el hambre de Dios y el hambre de sus dones; pero es esto precisamente lo que nos propone el Evangelio de Juan: preguntarnos con sinceridad hasta dónde llega nuestra fe en toda su pureza, y hasta dónde esta misma fe no encubre más que el deseo de una buena vida a la sombra de una creencia religiosa.

También podemos preguntarnos si el mundo moderno tiene hambre de Dios o, si por el contrario, puede prescindir de Él porque ha encontrado la fórmula para ser feliz, para obtener bienes, para vivir de acuerdo con ciertos valores o para poder abandonar la tutela de la Iglesia y de sus normas.

¿Está presente Dios en los pensamientos y en los esfuerzos del hombre moderno, o ha sido suplantado por la eficiencia de la técnica, por las elaboraciones de la filosofía, por los aportes de la psicología y de la medicina?

Y es que con Dios nos puede pasar lo mismo que con la sociedad de consumo: que primero crea la necesidad de cierto producto que se imagina como importante y después nos convence para que lo compremos porque es importante. Así nos puede suceder: primero nos imaginamos cierto tipo o imagen de Dios que creemos necesaria para nuestros intereses, como el Dios de la riqueza, del poder, de las diferencias sociales, de la autoridad, de la desigualdad, etc.; después nos convencemos de lo importante que es adorarlo y servirlo. Así sucede, por ejemplo, con ciertos padres y profesores que quieren ser obedecidos de forma ciega y automática: necesitan para eso un Dios autoritario y rígido, y lo crean, para fundamentar, acto seguido, su proceder en ese Dios de la obediencia servil. Fácil es después consagrar toda la vida a su servicio, ya que, adorándolo, consiguen también ellos ser adorados.

Por eso hemos de preguntarnos por ese Dios que nos reveló Jesucristo: el que me ve a mí, ve a mi Padre. En menos palabras: no hay Dios fuera del que nos revela el Evangelio.

Como aquella multitud, también nosotros estamos frente a Jesucristo. Pero, ¿qué buscamos? ¿Qué motiva eso que llamamos nuestra fe? A lo largo de estas semanas, y siguiendo el discurso del pan de vida en el Evangelio de Juan, tendremos la oportunidad de ir buscando una respuesta[1]


[1] S. Benetti, El proyecto cristiano. Ciclo B, Ed. Paulinas, Madrid 1978, p. 157 ss.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris