VI Domingo de Pascua (B)


El tiempo de Pascua es un tiempo dedicado a contemplar y celebrar al Señor vivo entre nosotros. Y es también es un tiempo para contemplar aquel grupo de hombres y mujeres que se sintieron atraídos por Jesús, que se reunían en comunidad en Su nombre y emprendieron la tarea de dar a conocer a todo el mundo el evangelio que habían recibido. Conocemos a los primeros cristianos por los fragmentos del libro de los Hechos de los Apóstoles –el libro que narra los comienzos de esta Iglesia- que escuchamos estos domingos del tiempo pascual.

Felipe, nos cuenta el libro de los Hechos, decidió que valía la pena llegarse hasta Samaria, región enfrentada con el resto de los judíos por discrepancias religiosas muy fuertes, y dar a conocer la Buena Nueva e invitarles a formar parte del grupo de los discípulos.

Qué reconfortante lo que escuchamos hoy: la gente de Samaria se siente atraída por lo que les anuncia Felipe, se siente atraída por el bien que hace Felipe curando a sus enfermos, y con mucha alegría entran a formar parte de la comunidad con el bautismo. Después Pedro y Juan, van a aquel mismo sitio y confirman con el don del Espíritu a aquellos nuevos creyentes.

Reconfortante porque podemos entender la fuerza del Evangelio, comprender que la fe es capaz de transformar la vida de las personas, y que nosotros somos los continuadores de aquella fuerza que movía a los primeros cristianos. Hoy, veinte siglos después, es bueno preguntarnos cómo presentamos a Jesús, o cómo hacemos que aquellos que no se sienten atraídos por Él puedan darse cuenta de que vale la pena seguirle.

Sí: es verdad que las circunstancias de los primeros cristianos son distintas a las nuestras, pero las ganas de dar a conocer a Jesucristo deben ser las mismas, y los criterios para anunciarlo también deben ser muy similares[1], sin embargo solamente si Jesús es realmente el centro de nuestra vida, sólo si nos esforzamos por vivir seriamente el Evangelio, sólo si en nuestra comunidad se ama como Jesús nos enseñó, conseguiremos que los que no comparten nuestra fe se sientan atraídos por él.

Debemos ser capaces de decir y compartir lo que creemos, capaces de no esconder nuestra fe, sin ése deseo inútil de imponer nada a nadie, como si tuviésemos el monopolio de la salvación. La mejor actitud es la que menciona san Pedro en la segunda lectura: Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere, ¡Si Jesucristo nos ilusiona, no nos lo guardemos para nosotros solos!

Y desde luego el servicio. Felipe, a la vez que hablaba de Jesús, curaba a los enfermos. Eran ambas cosas lo que realmente atraía a la gente. Los cristianos de hoy debemos trabajar para hacer posible que los que menos tienen puedan vivir más dignamente. Vamos a decirlo de otra forma: el ser cristiano no se reduce a regalar cobijas en diciembre o una bolsita de dulces el día del niño, la dimensión social del ser cristiano es un esfuerzo por crear mejores para los que menos tienen y que ésas condiciones que permanezcan.  

Por el bautismo y la confirmación formamos parte del cuerpo místico de Cristo y por la Eucaristía nos reunimos alrededor de Él porque creemos en Él y queremos que Él nos sostenga en ésta vida que vivimos. Vamos a pedirle hoy, por intercesión de su Madre bendita, que vivamos con el mismo entusiasmo y alegría de los primeros cristianos nos haga buenos testimonios suyos al servicio de nuestros hermanos ■


[1] J. Lligadas, Misa Dominical 1993, n. 07

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris