V Domingo de Cuaresma (B)


Quisiéramos ver a Jesús... Esta es sin duda la exigencia más urgente –si bien con frecuencia inconfesada- del mundo de hoy en relación a los cristianos. Nos toca a nosotros satisfacer esta pretensión legítima. Nosotros, que nos decimos "buscadores de Dios" deberíamos estar preparados para implicar a los otros en esta aventura fascinante. La vida cristiana o es epifanía –es decir manifestación de Dios- o es, en palabras de Kierkegaard, horrible charlatanería[1].

Por eso hoy, el último domingo antes de la Semana Santa te lo digo a ti, que te has lanzado a esta aventura; tú que te has jugado la vida por esta apuesta de la perla preciosa[2]: es momento de sacar afuera lo que has encontrado, de ilustrar los resultados de tus exploraciones. Hay alguien que espera, afuera está el mundo entero que te grita las mismas palabras de los griegos en el evangelio: quisiéramos ver a Jesús[3].

Tú que eres su discípulo debes conocerlo bien; perteneces a su raza. Si el Señor no te ha defraudado, intenta tú no defraudar la espera de los hermanos. El mundo actual está orgulloso de sus conquistas, se jacta de estar bajo el signa del progreso, y los hombres viven atrapados por este ritmo frenético, pero en su loca carrera ha terminado por olvidarse de las cosas importantes: el espíritu, Dios, la oración, la contemplación, la capacidad de asombro. Es más, el hombre se ha olvidado de sí mismo, ha perdido la propia identidad. Ya no sabe a dónde va y para qué.

Al hombre de hoy le falta algo y nos toca a nosotros, cristianos, hacerlo consciente, despertando en él la nostalgia de lo que ha perdido. Se trata de devolverle el deseo de Dios, deseo que no podemos despertar de forma equivocada: no se trata de pronunciar discursos inteligentes acerca de él –de Dios- sino de mostrarlo: cuando un monje habla de Dios, es un viajero que cuenta, pero no uno que cuenta lo que ha leído en los libros, ni siquiera en los textos de geografía religiosa, sino uno que ha estado, uno que ha explorado personalmente ese continente misterioso y fascinante, pagando el precio correspondiente.

No se enseña a Dios. Hay que contarlo. Con el entusiasmo, la competencia y la admiración de un explorador. No se discute sobre Dios. Hay que manifestarlo. De ahí que la virtud principal de la vida cristiana, la prueba decisiva de su autenticidad, es su trasparencia: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios[4], y me atrevería a añadir: y harán ver a Dios.

La pureza del corazón no es solamente la castidad del cuerpo. Sino la castidad de todo el ser. O sea, la limpieza, la trasparencia de toda la persona, que ha eliminado las escorias, las sombras, la opacidad, las hipocresías, y se convierte en cristal limpio que refleja la imagen auténtica de Dios. Lo dice Clément mucho mejor: «una iglesia en la que no hubiera ya grandes monjes que no realicen la peregrinación hacia la inmensidad de Dios para volver después hacia los hombres con el rostro radiante como el de Moisés cuando bajaba del Sinaí, sería una Iglesia agonizante. La iglesia goza de buena salud sólo cuando puede disponer de mártires o de monjes"

Sucede, con frecuencia, que nos lamentamos de la indiferencia, del desinterés de los hombres de nuestro tiempo hacia Dios, hacia las "cosas del espíritu", pero en estas circunstancias es honesto que nos planteemos una pregunta: Y nosotros ¿qué hacemos para despertarlos? ¿Qué capacidad tenemos para inquietarlos? ¿Qué imagen de Dios somos capaces de presentar? Saint-Exupéry decía amargamente: "Hay mucha gente que dejamos dormir".

Entonces, ¿cuál es el don esencial de la vida cristiana en relación al mundo moderno? Creo que es precisamente el don de la nostalgia. Pero nostalgia de otra cosa, de Otro, de lo eterno. No podemos olvidar que el hombre posee en la profundidad de su ser algo muy precioso: la marca de fábrica, la cicatriz de Dios: Y dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza[5].

En cada hombre existe esta marca de fábrica, quizás sepultada bajo montones de polvo y... sueño. La tarea de los cristianos consiste precisamente en hacer de espejo. Despertar esa imagen, sacarla a la luz.

Cuando murió el abbé Amadeo Ayfre –el creador de la teología de la imagen- tenía cuarenta y dos años. Con su pequeño coche se había estrellado contra un árbol en la carretera de Locarno. Su epígrafe más hermoso fue dictado, aunque involuntariamente, por una actriz: “Qué quieres que te diga -confesó a un periodista que la entrevistaba- ...era un hombre que, cuando te encontrabas con él, te provocaba el deseo de Dios.

Piénsalo un poco. ¿Te ha ocurrido alguna vez que hayas provocado en alguien el deseo de Dios? ■


[1] Søren Aabye Kierkegaard (1813 –1855) fue un prolífico filósofo y teólogo danés del siglo XIX. Se le considera el padre del Existencialismo, por hacer filosofía del Sufrimiento y la «Angustia», tema que retomarían Martin Heidegger y otros filósofos de siglo XX. Criticó con dureza el hegelianismo de su época y lo que él llamó formalidades vacías de la Iglesia danesa. Gran parte de su obra trata de cuestiones religiosas: la naturaleza de la fe, la institución de la Iglesia cristiana, la ética cristiana y las emociones y sentimientos que experimentan los individuos al enfrentarse a las elecciones que plantea la vida.
[2] Cfr Mt 13, 44-46.
[3] Cfr Jn 12,21.
[4] Cfr Mt 5, 8.
[5] Cfr Gen 1, 26. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris