IV Domingo de Cuaresma (B)


Todavia se lee en algunos catecismos eso de que los enemigos del alma son tres: mundo, demonio y carne. Y en realidad nada cabría objetar a tan feliz simplificación de algo tan terriblemente complejo como es el pecado y el mal en el mundo, sin embargo, en ocasiones sucede que las simplificaciones conducen a grandes equívocos y entonces con eso de “mundo, demonio y carne” hemos terminado por reducir la carne al sexo, el demonio a un personajillo malo pero ridículo, y el mundo a espectáculos y frivolidades o a algo que puede distraernos de nuestro ser cristianos[1].

De ésta (terrible) simplificación ha surgido incluso cierto miedo que ha empujado a los creyentes a huir del mundo o a protegerse de él, a verlo como “ocasión de pecado”. Justo por esto resulta tan sorprendente y tan maravilloso escuchar el Evangelio de hoy[2] en la conversación entre Nicodemo y Jesús que Dios ha amado al mundo hasta el punto de haber entregado su propio Hijo.

Es cierto que el Evangelio se refiere al mundo humano pero no solamente a los hombres, sino al mundo creado por Dios y entregado al quehacer de la razón y sentimientos humanos. En otras palabras: el Evangelio afirma que este mundo –con todo lo malo y peligroso que es-  es objeto del amor de Dios, y justo por esto también objeto de salvación.

Y es que es el amor de Dios es el que cambia y transforma, el que santifica lo que toca, por eso es que una actitud de acercamiento y de amor al mundo –por parte de  los creyentes- podrá salvarlo del pecado. Los que desprecian al mundo contribuyen a su destrucción y  perversión y los que amamos el mundo, luchamos por reconstruirlo, por purificarlo, por santificarlo.

Si un día nos decidiésemos a amar de verdad al mundo (a amarlo más que para  apropiárnoslo y mejor que para explotarlo) es posible que descubriésemos como este mundo en el que el mal existe –un mundo enrarecido y lleno de pecado, hostil y cubierto de injusticias-  empezaba a ser mejor. Si Dios ama al mundo, ¿por qué nosotros no?

Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único... ¿Qué somos entonces, si Dios puede amarnos? Tú, Señor ¿qué encuentras en nosotros? ¿Qué ocurre cuando tú nos miras? ¿Te conmueves? ¿Te diviertes? ¿Te irritas? Ya el salmista se planteaba esta cuestión: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?[3] ¿Qué soy yo a tus ojos, Señor, para que pienses en mí? Cuando alguien piensa en nosotros, nos sentimos felices. ¿Cómo es que no sentimos esa misma dicha, mil veces más intensamente, ante la idea de que Dios nos ama? La respuesta es fácil: los que nos aman tienen un rostro, sus ojos nos sonríen, su voz nos conmueve. Pero ¿Dios? ¿Cómo nos mira? ¡Es tan difícil imaginarle! ¡Es tan silencioso! Apenas dicho esto, tengo vergüenza de haber hablado así. ¿Cómo puedo olvidar que, para hablarnos de amor, Dios nos envió su propia Palabra; que para poder sonreírnos quiso unos ojos de hombre? Al Verbo de vida, dice san Juan, lo hemos visto, lo hemos oído, lo han tocado nuestras manos; la vida se ha manifestado en él...

¡La vida nos ha mirado! El secreto de los iconos está ahí: ser mirados por Cristo, ser mirados con amor por Dios. Esa mirada puede realmente hacernos existir. El hijo mirado con cariño se desarrolla feliz; el hombre amado, la mujer amada sienten, bajo ese sol, que existen, que son alguien para el otro ¡Sentir o, por lo menos, saber por la fe que yo soy alguien para Dios! además, Él ama también a aquellos a quienes a mí me cuesta amar…

Apostar siempre –aun en medio de las mayores dificultades- por la vida del hombre y del mundo, es creer en el nombre del Hijo único de Dios ■

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris