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El que ama siempre encuentra tiempo para estar con la persona amada. El que no tiene tiempo para orar no ama. Los pensamientos hermosos, los sentimientos delicados o las palabras elocuentes no son de suyo oración. Esta consiste más bien en decir al Señor amado nuestro amor, nuestro sufrimiento, nuestra alegría, nuestras preocupaciones, nuestros temores... El pobre y el niño aman así y... rezan así. Esta actitud de autenticidad fue la del publicano en el templo, la de la samaritana en conversación con Jesús junto al pozo de Jacob, la del hijo pródigo en su reencuentro con el padre, la de Saulo en el camino de Damasco. Este modo de hablar con el Señor supone una gran confianza y un clima de familiaridad. De semejantes encuentros la persona sale más alegre y confiada Pedro Finkler, Orar, Capítulo 11 de Buscad al Señor con alegría. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris