MIERCOLES DE CENIZA 2012


En los siglos VIII y IX la imposición de la ceniza se unía, en el contexto litúrgico, a la penitencia pública. Aquel día se expulsaba a los penitentes de la iglesia. Y este gesto repetía, de alguna manera, aquél otro de Dios arrojando a Adán y Eva, pecadores, del paraíso... En esta perspectiva se colocan las palabras del Génesis que se refieren precisamente a este episodio: Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella te sacaron; pues eres polvo y al polvo volverás... Y el Señor Dios lo expulsó del jardín del Edén, para que labrase el suelo de donde lo había sacado[1].

Sólo más tarde la imposición de la ceniza tomó un simbolismo distinto: el de la fragilidad y brevedad de la vida. El recuerdo de la muerte. La referencia a la tumba.

Con la imposición de la ceniza la liturgia nos recuerda a el hombre-polvo, el hombre que se ha alejado de Dios, que ha rehusado el diálogo, que ha sido echado de su casa, que ha rechazado el dinamismo del amor para caminar siguiendo una trayectoria de desilusión y de muerte. El hombre-polvo es el hombre que se opone a Dios, da la espalda a su propio ser y se condena a la nada. Pero en este dramático itinerario de alejamiento y visitación, existe la posibilidad del retorno. Retorno al origen. En lugar de precipitarse hacia la tumba, es posible cambiar de dirección, por eso la invitación –que no es nunca a fuerzas- a la conversión, a volver a la fuente, de ahí las palabras de Joel en la primera de las lecturas: Convertíos a mí de todo corazón.

* * *

Me vuelvo tierra y me confío al constructor para que me rehaga del todo. Me he equivocado. He perdido el camino de la vida. He perdido el reino. He comprometido incluso a los otros en mi pecado (todo pecado es un pecado "público" con consecuencias desastrosas para toda la comunidad eclesial). Es justo que se me ponga a la puerta.

Pero, a la vuelta de la esquina, vuelvo a condición de... polvo, de la materia de donde fui creado. Y Él se inclinará aún sobre este polvo para darle el aliento de vida. Así mi nada es tocada por la plenitud divina.

De la ceniza salta una chispa de vida. Y ahora la sutil capa de polvo ya no puede ocultar el esplendor del rostro de un hijo de Dios.

Todo, pues, comienza de nuevo. Puede ser nuevo si acepto no el fin, sino el principio. No el montoncito de ceniza de la tumba. Sino el puñado de tierra en las manos del artífice. El poco de tierra dispuesta a recibir el aliento. Y convertirse así, de nuevo, en un viviente[2].

La cita, pues, con la ceniza es fundamentalmente la cita con la vida. La ceniza me recuerda la cuna, no la tumba ■


[1] Cfr Gn 3, 19 ss.
[2] A. Pronzato, El Pan del Domingo, Ciclo C, Edit. Sígueme, Salamanca, 1985, p. 42 ss. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris