III Domingo de Adviento (B)


El profeta desconcierta siempre. Su vida se sale de lo común: le dejan indiferente cosas que quitan el sueño a otros, se contenta con poco para vivir, sirve a un solo señor y lleva, asomado a los ojos, el fuego de un ideal muy grande. El profeta también dice cosas extrañas: tan extrañas como llamar al pan, pan, y al vino, vino; como expresar libremente lo que piensa; como poner el dedo en la llaga de las situaciones para que aflore la verdad que llevan dentro[1].

El Bautista –Juan- no podía ser menos. Los poderosos de Jerusalén andan desconcertados y preocupados. La palabra de Juan les inquieta: les afea su conducta y les invita nada menos que a un cambio de vida. Por si fuera poco, anda abriendo los ojos de la gente sencilla. Hay que poner manos en el asunto.

Por eso mandan gente entendida a preguntarle quién, qué hace y por qué dice lo que dice. Juan responde identificándose como un simple testigo: él no es la luz, pero es testigo de la luz.

Juan, plantado en medio del Adviento, da testimonio de Jesús: En medio de vosotros hay uno que no conocéis. El Mesías ha llegado ya; pero no lo conocemos, no lo hemos descubierto todavía. Por eso seguimos en Adviento. ¿Qué hacer? ¿Cómo podremos encontrarlo, reconocerlo, conseguir que en nuestro corazón se encienda la luz plena de la Navidad?

Hay que buscar. Seguir haciéndose preguntas. No engañarse pensando, desde nuestro salita acogedora [decorada con aires de familia aristocrática], que ya está todo hecho, que fuera no hace frío. Las pistas que dan los profetas a lo largo de estos días son muy útiles: allá donde alguien "da la buena noticia a los que sufren", o "venda los corazones desgarrados" o "evangeliza a los pobres"... Por ahí, digamos, va la cosa.

Y debemos buscar con cuidado, porque puede pasar junto a nosotros sin que lo reconozcamos, es decir, puede llamar a nuestra y estar en ése amigo que atraviesa una profunda depresión, o en ésa amiga recién divorciada que busca consuelo y comprensión, o en ése amigo que siente atracción por personas de su mismo sexo, o la compañera de trabajo que acaba de abortar, o en la vida de aquel al que el dinero no le alcanza hasta el final de la quincena y sufren él y los suyos en silencio. Y si a ti, querido lector, te asustan éstos (últimos) ejemplos, significa que no has entendido en absoluto cristianismo porque no convives ni te relacionas con personas normales: desafortunadamente no se te ha roto la burbujita de cristal en la que te puso –cual plantita de invernadero- ése grupito “espiritual” al que dices pertenecer.

Dios puede estarnos hablando a ti y a mí, sacerdote, desde el hambre que mata a tanta gente, o desde la mirada limpia de algún niño, o desde ese enfermo que ya no tiene fuerzas para seguir sufriendo... Debemos seguir buscando, sin desanimarnos. El oído atento para reconocer su voz, venga de donde venga. El corazón dispuesto para seguirlo de inmediato. Debemos andar nuestro Adviento. Jesús llegará.

Y que no se nos olvide que solo anuncio de la venida del Señor nos llena el alma de gozo. Estad siempre alegres, nos grita la Liturgia de la Palabra éste domingo. Es una alegría difícil de explicar. Es parecida a esa alegría que nos invade –a modo de emisario, de anticipo- cuando sabemos que se acerca el momento de abrazar a alguien que amamos. O como la alegría del que sabe que ya son pocos los días que faltan para que acabe una situación difícil. La alegría de que Jesús vendrá traspasa, como un rayo de luz, toda la espera del Adviento.

Dejemos que la voz de Juan Bautista nos siga inquietando. Y la voz de esos otros profetas que hoy nos sigue mandando el Señor. No demos la espalda pensando que son rarezas. Dejémonos interpelar por ellos. Quizá así sea más fácil que, algún día, se produzca en nuestra vida el encuentro con Jesús: la Navidad ■


[1] Cfr. J. Guillén García, Al hilo de la Palabra, Comentario a las lecturas de domingos y fiestas, ciclo B, Granada 1993, p. 15 ss. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris