Viernes Santo



Viernes Santo. Se trata de contemplar –como recomienda San Ignacio- “como si presente me hallare”- el misterio de la muerte en cruz del Hijo de Dios, del Jesús, hermano y redentor nuestro. Un misterio, lleno de sentido salvador para cada hombre, que no requiere hoy tanto exhortaciones sentimentales ni explicaciones doctrinales, como hondura de fe[1].

La celebración del Viernes santo incluye, cuando el pueblo cristiano adora la cruz, el canto de los llamados improperios.

El diccionario Espasa los define como una “especie de reproches que Cristo paciente  dirige a los cristianos y en general a todos, poniéndoles delante los divinos beneficios y el  modo como han correspondido a ellos”. Y añade que este canto “es lo más dramático e  impresionante de toda la liturgia”. El texto de los improperios sigue un esquema repetitivo: Yo te di el agua, el maná... Y tú no has sabido responder a lo que yo te ha dado, para  acabar con la triste queja del Señor: ¿Qué te he hecho? Respóndeme.

El texto de los improperios está inspirado en la Sagrada Escritura, naturalmente, pero sobre todo en el libro apócrifo  de Esdras. Ya existen alusiones a este texto en los siglos IX y X. El ritual que primero cita la  adoración de la cruz es el español Liber ordinum[2]. Generaciones y generaciones de creyentes se han acercado durante muchos siglos a la cruz del salvador y han besado con  devoción al Crucificado, mientras se repite la amarga y triste queja del Señor: ¡Pueblo mío!  ¿Qué te he hecho? ¿En qué te he ofendido? Respóndeme[3].

La liturgia del Viernes santo es muy peculiar: es el único día del año en que la Iglesia no  celebra la Eucaristía, y sólo en la parte final de la celebración se distribuye la Sagrada comunión. Podemos decir que si habitualmente la parte central de la eucaristía es la consagración, hoy  lo va a ser la presentación y la adoración de la cruz.

Las lecturas previas, especialmente la de Juan, nos han presentado la pasión de Cristo y su muerte, y la ceremonia de adoración de la cruz estará precedida por su solemne  presentación donde, por tres veces, se canta: Mirad el árbol de la cruz, en que estuvo  clavada la salvación del mundo. Esa mirada al árbol de la cruz, esa humilde y sentida  adoración de esa cruz de la que pendió el salvador del mundo, es el centro indiscutible de la celebración. Y la liturgia propone también que se cante un bello himno que, en una especie de requiebro místico y amoroso, exclama: ¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol en donde la Vida  empieza con un peso tan dulce![4]

Mirad el árbol de la cruz. En uno de los más bellos y conocidos textos de La imitación de  Cristo, Tomás de Kempis dice: «Jesús tiene muchos amantes de su reino celestial, pero pocos que lleven con él la cruz. Tiene muchos que desean la consolación, pero pocos que desean la tribulación. Muchos aman a Jesús cuando no les sobrevienen adversidades, pero si Jesús se esconde o los deja un poco tiempo, caen en la queja o en la depresión del alma». Es verdad: cuando el viento sopla a favor en nuestra vida, cuando sentimos el regusto de la vida interior, cuando los acontecimientos de la vida nos son favorables..., nos es fácil seguir a Jesús, pero, cuando el peso de la vida cae sobre nuestras espaldas «caen en la queja o en la depresión del alma»[5].

Mirad el árbol de la cruz. Hoy no deberíamos ser nosotros los que nos quejemos; es él, el más grande de los hijos de los hombres, el que nos lanza su amarga queja a esta  humanidad que no le pudo soportar, que no fue capaz de aceptar su vida y su mensaje, su  denuncia de nuestros convencionalismos e inautenticidades, de nuestras mediocridades, de nuestras miserias e injusticias... Mirando al árbol de la cruz, no somos  nosotros los que nos debemos quejar de la dureza de la vida: es él quien se queja de lo que hemos hecho con él. Porque no fueron sólo los jefes religiosos o el pueblo judío los que le llevaron a la cruz; tampoco nosotros le aceptamos, ni le habríamos aceptado, si él nos hubiera dicho a nuestros oídos su mensaje y su vida. Por eso ese Cristo, desde el árbol  de la cruz, nos puede hoy decir:

Yo te saqué de Egipto; yo te he dado un mensaje que trae libertad a tu corazón; yo te he enseñado un camino que te libera de tus cadenas interiores, de las esclavitudes que aherrojan lo mejor de ti mismo... Y tú me azotaste y me entregaste: tú descargaste sobre el cuerpo sufriente de mis hermanos, con los que yo me identifico, el látigo de tus juicios duros; tú me traicionaste cuando entendiste mi mensaje de una forma reducida y adulterada,  cuando te hiciste un evangelio a tu medida, según tus gustos y deseos.

Yo abrí el mar delante de ti: yo te hice ver la grandeza que está escondida en tu  corazón, la bella misión que tienes que realizar; yo hice saltar el estrecho círculo en el que tiendes a encerrarte... Y tú con la lanza abriste mi costado: tú has renegado tantas veces de mí, no has sabido ver el gran amor que tengo dentro de mi corazón, me has herido en lo más hondo de mi ser con el dolor que has infligido a mis hermanos.

Yo te guiaba con una columna de nubes. Yo he estado siempre cerca de ti, yo te he acompañado con el pan y el vino, con el agua, el perdón, el amor... Yo me he convertido en todas esas cosas sencillas y de cada día, para guiarte por el desierto de tu vida... Y tú me guiaste al pretorio de Pilatos: me has llevado a tribunales donde tu conducta hacía que los hombres se riesen de mí; te has lavado tantas veces las manos en lugar de defender la verdad; has preferido a tantos Barrabás en lugar de a mí, que soy la única verdad y la única  verdadera palabra de Dios...

Yo te sustenté con maná en el desierto: yo te he dado tantas veces mi Cuerpo, hecho pan, como viático y alimento para tu vida; yo te he dado tantas veces mi palabra, que debía calentar tu corazón; he puesto a tantas personas en el desierto de tu vida, que eran como si  yo mismo os acompañase como caminante desconocido... Y tú me abofeteaste y me azotaste: tú has sido tan rutinario y tan distraído cuando yo estaba muy cerca de ti en los sacramentos; los has convertido en presencia tranquilizadora, que no te movía a cambiar en  nada; has usado mi palabra para lanzarla sin amor contra los otros, para abofetearlos. Yo te di a beber el agua salvadora, que brotó de la peña: mi vida y mi mensaje han sido  como esa agua cristalina que brota de los arroyos de las cumbres nevadas, un agua de  limpieza, de verdad siempre nueva y reconfortante; un agua que puede saciar tu sed, tus  deseos más íntimos de felicidad y autenticidad... Y tú me diste a beber vinagre y hiel: tú has convertido tantas veces ese agua en un líquido ácido, que no ha restañado las heridas  de los hombres ni las tuyas propias; tú no has usado esa agua para reconfortar, sino para  herir, para procurar desazón, miedos y angustias.

Yo te di un cetro real: yo te he dado la dignidad maravillosa de hombre e hijo de Dios, te he hecho participar de mi propia vida, te he repetido tantas veces que puedes sentirte hijo y  llamar entrañablemente Abba a nuestro Padre Dios... Y tú me pusiste una corona de  espinas: tú te has reído tantas veces de los hijos de Dios, de los pobres, de los débiles, de los que no tienen casi nada, como lo hicieron los soldados del pretorio. Tú has llenado la cabeza y el rostro de mis hermanos con las espinas de tus críticas, tu insensibilidad y tu falta  de amor.

Yo te levanté con gran poder: te he dicho tantas veces que, a pesar de tus miserias y  pecados, yo te aceptaba y podías volver a comenzar de nuevo; yo te he esperado tantas veces, como aquel padre bueno, a la vuelta de tus caminos pródigos... Y tú me colgaste del patíbulo de la cruz: tú no has confiado en mi misericordia ni en mi perdón generosos; no  has sabido perdonar como tú te sentías perdonado; has colgado del madero a tantos  hermanos a quienes has dejado de amar, a los que odias, a los que no sabes perdonar...

Hoy, aunque sea por un día, no nos quejemos de Dios. Hoy vamos humildemente a  escuchar en nuestro corazón la queja del Señor crucificado: ¡Pueblo mío! ¿Qué te he  hecho? ¿En qué te he ofendido? Respóndeme ■.




[1] J. Gafo, Dios a la vista, Homilías Ciclo C, Madrid 1994, pp. 123 ss.
[2] Gracias a la maravilla de la tecnología, es posible echarle un ojo on-line: http://bibliotecadigital.rah.es/dgbrah/i18n/catalogo_imagenes/grupo.cmd?path=1000098
[3] Esdras y Nehemías aparecen como un sólo libro en el texto masorético.  En las  Biblias hebreas a partir de 1448 aparecen como dos libros separados, con sus respectivos títulos: Esdras y Nehemías.  Esa división seguía a la Vulgata. En la LXX aparecen 1 y 2 Esdras. El primero es un libro apócrifo, que contiene trozos de Esdras, Nehemías y 2 Crónicas. El segundo es Esdras- Nehemías. Jerónimo fue el primero en separar los libros de Esdras y Nehemías, sin embargo los denominó: 1 Esdras (Esdras), 2 Esdras (Nehemías), 3 Esdras (el libro  apócrifo que aparece en la LXX) y 4 Esdras (libro apocalíptico espurio que data de la era cristiana).  En las Biblias católicas de Nácar-Colunga y de Jerusalén  no aparecen 3 y 4 Esdras.
[4] Liturgia de las Horas, himno de Laudes del Viernes Santo
[5] Según muchas fuentes, la obra principal de Tomás de Kempis, la Imitación de Cristo, ha sido el libro católico más editado del mundo después de la Sagrada Escritura. Fue escrito durante todo el tiempo de su vida y es muy posible que haya sido el material con el cual el autor enseñaba a sus jóvenes pupilos en Monte Santa Inés.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris