XVII Domingo del Tiempo Ordinario

Hemos recitado tantas veces el Padrenuestro y, con frecuencia, de manera tan  apresurada y superficial, que hemos terminado por vaciarlo de su sentido más profundo. Es impresionante la capacidad que tenemos los humanos de convertir lo extraordinario en ordinario, cuando perdemos el norte. Poco a poco hemos ido olvidando que esta oración nos la dejó el Señor como la plegaria que mejor recoge lo que él vivía en lo más íntimo de su ser y la que mejor expresa el sentir de sus  verdaderos discípulos.

De alguna manera, ser cristiano es, entre otras (importantes) cosas, aprender a recitar y vivir el Padrenuestro. Por eso, en las primeras comunidades cristianas, rezar el Padrenuestro era un privilegio reservado únicamente a los que se comprometían a seguir a Jesucristo.

Dos mil años después necesitamos aprender nuevamente el Padrenuestro. Hacer que esas palabras que pronunciamos tan rutinariamente, nazcan con vida nueva en nosotros y crezcan y se  enraícen en nuestra existencia.

Padre nuestro que estás en los cielos. Dios no es en primer lugar únicamente Juez y Señor y, mucho menos nuestro Rival y Enemigo. Es el Padre que desde el fondo de la vida, escucha el clamor de sus hijos y siente por ellos una enorme ternura[1]. Una espiritualidad que atenaza el alma, o que hace sentir mal, no puede ser la verdadera.

Y es nuestro, de todos. Aislados o juntos, somos todos los que invocamos al Dios y Padre de todos los hombres. Imposible invocarle sin que crezca y se ensanche en nosotros el deseo de fraternidad. Y está en los cielos como lugar abierto, de vida y plenitud, hacia donde se dirige nuestra  mirada en medio de las luchas de cada día.

Santificado sea tu Nombre. El único nombre que no es un término vacío. El Nombre del que viven los hombres y la creación entera. Bendito, santificado y reconocido sea en todas las conciencias y allí donde late algo de vida. También en las vidas de aquellos que ¡ay! rechazamos: los han sufrido el drama del divorcio o la separación, las personas homosexuales, el depresivo, el alcoholizado, el enfermo mental, la prostituta, etc.

Venga a nosotros tu Reino. No pedimos ir nosotros cuanto antes al cielo. Gritamos que el Reino de Dios venga cuanto antes a la tierra y se establezca un orden nuevo de justicia y fraternidad donde nadie domine a nadie sino donde el Padre sea el único Señor de todos.

Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. No pedimos que Dios adapte su  voluntad a la nuestra. Somos nosotros los que nos abrimos a su voluntad de liberar y hermanar a los hombres.

Danos hoy nuestro pan de cada día. Confesamos con gozo nuestra dependencia de Dios y le pedimos lo necesario para vivir, sin pretender llenarnos de lo superficial o lo innecesario que nos distrae de lo esencial –del unum neccesarium- y nos cierra a los necesitados, haciendo nuestra aquella hermosísima oración de Salomón: Da a tu siervo corazón dócil que pueda juzgar entre lo bueno y lo malo[2].

Perdónanos nuestras ofensas… y egoísmos e injusticias pues estamos dispuestos a extender ese perdón que recibimos de Ti a todos los que nos han podido hacer algún mal. Hemos de pedir a Dios la gracia de tratar a los demás con la misma paciencia y bondad con la que Él nos trata a nosotros. Ojala Dios nunca se tome demasiado en serio ésta frase del Padrenuestro pues si Él va a perdonar como nosotros perdonamos ¡estaríamos perdidos!...

No nos dejes caer en la tentación… de olvidar tu rostro y explotar a nuestros hermanos, pero sobre todo de creernos poseedores de la verdad, o con el monopolio de la salvación. No. La verdad es Dios y Él la da a quien quiera. Por eso le pedimos que nos guarde en su seno de Padre, que nos enseñe a vivir como hermanos en la Iglesia, la Iglesia, que nos ofrece lo único que debe ofrecernos: el conocimiento de que ya estamos salvados y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia entera, universal, católica ¡grande!, sin partecicas ni nada.

Y líbranos del mal. De todo mal. Del mal que cometemos cada día y del mal del que somos víctimas constantes.

Jesús: en menos palabras: orienta nuestra vida hacia el Bien y la Felicidad: hacia Ti


[1] Cfr Is 66,10-14a.
[2] 1 Reyes 3, 5-10

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris